lunes, 6 de julio de 2015

artículo para contrapunto.com (05 05 2015)



VENEZOLANOS DEL OTRO LADO DEL ESPEJO

Terminé el artículo anterior diciendo que cuando el humor de tu país de origen ya no te da risa como antes es porque algo serio está pasando; y no es que el humor venezolano sea malo (al contrario, creo que en Venezuela hay muy buenos humoristas, ácidos e inteligentes, y un sentido del humor siempre vivo aunque la gente se esté matando) es porque, en general, cuando uno es nuevo en una cultura, el humor es de las últimas cosas que se adquieren porque te faltan las referencias o porque te han educado para reírte de unas cosas pero no de otras; y por argumento en contrario, cuando se pierde el humor criollo es porque ya uno se fue, mentalmente, dejó de ser parte de aquello.
Los síntomas de la pérdida de raíces siguen avanzando como una enfermedad curadora, apareciendo cuando te encuentras con venezolanos. Las categorías de personas son las mismas que cuando vivías “allá”, pero la experiencia del encuentro es diferente:
- están los “panas”, el pequeño grupo de personas que siempre te han acompañado (su presencia), con quienes puedes hablar de lo que sea sintiéndote en confianza, conectados a ti como algo natural. Los reconoces porque pueden haber pasado cinco o diez años desde el último encuentro y pareciera que los has visto la semana pasada. Los días que dura el encuentro se vuelven especiales, parecen siempre escasos y se quedan en la memoria. Este vínculo es raro, infrecuente, y no depende de la nacionalidad (los “panas” se hacen dondequiera que uno esté);
- después están los “conocidos” con quienes coincides casualmente, por ejemplo, cuando te los “envían” (el primo de alguien, el sobrino de la señora aquella, ¿te acuerdas?) para que les enseñes la ciudad. Muchos venezolanos (o más bien,  muchos caribeños) con frecuencia parecen haber venido para demostrarse a ellos mismos, utilizándote como canal, que les va bien en la vida, que son muy listos, que están claros con todo (supongo que París y el mito que hay alrededor de esta ciudad favorecen la actitud, como si necesitaran justificar su vida en un país arruinado, demostrando las ventajas de estar allá)… al principio te sorprendes, no sabes por qué lo hacen, pero cuando ves que no es sólo un caso, sino que la historia se repite, entiendes que es un tema cultural, hecho sin doble intención e inconscientemente. De todos modos, ésa era la gente que en Venezuela te daba igual, que te cruzabas cada día y con la que te relacionabas por razones prácticas, pero con quien no llegabas nunca a ir más allá;
- y finalmente están los “otros” (una vez, en un bar de Barcelona, no habían terminado de presentarme a una venezolana cuando me dijo “pero tú no eres de los nuestros”, a lo que debí responder, “gracias, amiga, menos mal”); el tipo de gente que cuando aparece en la calle bajas la cabeza no vaya a ser que te reconozcan como coterráneo; normalmente se mueven por docenas, gritando de un extremo a otro del restaurante, cargados de bolsas, llamando la atención con la ropa y los gestos, necesitando hacer saber que están allí, no sé para qué.
Los encuentros con venezolanos te demuestran, por una parte, que tu sistema de valores se ha desajustado; que la mayoría de las cosas importantes para ellos te suenan raras a ti, y que muchas veces, lo que más te extraña, es verlos convencidos de que su versión de la realidad es universal y la única válida. “Luigi es así porque es bohemio”, escuchas, y te hace gracia porque con la presión que tienes “de este lado” para resolver sin ayuda la vida cotidiana no puedes darte el lujo de vivir “del arte”, como quizá si podrías haber hecho si te hubieras quedado en Venezuela.
Te demuestran, también, que la vocación por la diversión, a este nivel, sólo se encuentra  entre caribeños y africanos; reírse de todo, todo el tiempo, la burla por la burla, en lugar de “el arte por el arte”, a lo bestia, salvajemente, y eso es una maravilla. Los encuentros con venezolanos hacen que se te despierte el cerebro; que desaparezcan la moral y las buenas costumbres; que digas las cosas menos adecuadas en el momento más inoportuno, sólo para ver la reacción que provocan; que bebas como nunca lo haces en Europa; que agudices la mirada; que saques caparazón para las puyas que vienen y que no te descuides jamás, preparado para reaccionar siempre, de buen rollo, riéndote. 
En resumen, los encuentros con venezolanos te permiten, durante un rato, volver a ser quien eras en tu vida anterior, lo que no sé si es mejor o peor, pero, sea lo que sea, es particularmente divertido.





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