lunes, 6 de julio de 2015

artículo para contrapunto.com (04 06 2015)



NOVATADAS DE UN LATINOAMERICANO EN EUROPA. PROBLEMA 2: LLENAR EL TECHO

Siguiendo el tema del artículo de hace tres semanas, cuando (gracias a Dios y, sobre todo, al dinero) se consigue un techo donde vivir comienza el problema de cómo llenarlo. De entrada hay dos situaciones; de salida, infinitas. 
Primera situación: apartamento amoblado. Caso común, los muebles o son viejos o no te gustan. Si son viejos, el propietario normalmente no tiene inconveniente en que los renueves, siempre que te comprometas a dejar los que has comprado; en otras palabras, te das cuenta de que mejor hubieras alquilado sin amoblar, que es más barato. Si no te gustan los muebles el asunto se complica; lo más probable es que al propietario sí le parezcan de lo más elegantes sus floreros verdes con dorado, su cortinas de sirenas y unicornios, su sofá rosa con encajes, o sus lámparas de araña mona versión tienda de todo a 1€. Si éste es el caso, lo mejor es regresar al país de origen e irse a vivir con la abuela, que es más o menos lo mismo pero sale gratis.
Segunda situación: apartamento sin amoblar. Perfecto, puedes crear tu espacio a tu medida, te dices, pero te das cuenta de que no es así, de que sólo puedes crearlo a la medida de tu presupuesto y, evidentemente, el presupuesto sólo te alcanza para comprar la mitad de las cosas que necesitas, no importa cuáles ni cuántas sean. 
La lógica dice que hay que subir por la pirámide de Maslow y comenzar resolviendo las necesidades fisiológicas [respiración, alimentación, sexo y homeostasis… lo de homeostasis yo tampoco sé qué es, pero la Wikipedia sí, y dice: “La homeostasis (del griego homos (ὅμος), ‘similar’, y stasis (στάσις), ‘estado’, ‘estabilidad’) es una propiedad de los organismos vivos que consiste en su capacidad de mantener una condición interna estable compensando los cambios en su entorno mediante el intercambio regulado de materia y energía con el exterior”, bueno… me quedo más o menos igual, pero supongamos que quiere decir que si has alquilado en invierno tienes que correr a buscar una estufa eléctrica, porque seguramente la calefacción no funciona ni funcionará hasta que el conserje se tome la molestia de saber que existes, y eso puede tardar entre dos meses y doce años).
Repasando:  Uno, respiración; sí, hay que abrir las ventanas, el olor de los pisos deshabitados es siempre a cloaca y, si a eso se le añade que probablemente el edificio tiene un siglo o casi, huele también a humedad prehistórica; a guerra civil o, con suerte, a guerra mundial; a caniche que nunca quiso orinar donde debía; a viejito que murió y lo encontraron a las dos semanas; a fiesta de estudiantes con estragos de alcohol o marihuana; a todo, menos a lo que dice el contrato de alquiler, que no dice nada. 
Dos, alimentación; buena pregunta, ¿qué comer cuando la cocina no funciona porque hay que hacer el contrato con la compañía de electricidad, de gas, o comprarle al pakistaní la bombona de butano, pero el tipo sólo pasa los martes en la mañana y hoy es miércoles por la tarde? Respuesta, sándwich de queso. Siguiente pregunta, ¿dónde comer?, no hay mesa, no hay silla, no hay, ni siquiera, electricidad. Respuesta, sándwich de queso, parado, una semana, a oscuras. Bebida: dicen que el agua de grifo es potable, pero no, sabe a diablos, está llena de cal. Subir agua o zumo o refresco a un sexto piso sin ascensor es, como diría la abuela, sacrificado. Toma té, el sabor a cal desaparece.
Tres, sexo: voy a usar un adjetivo grandilocuente y ridículo pero en este caso certero, resolver esta necesidad es un trabajo hercúleo. Los que venden colchones dicen “transporte a domicilio”, y significa “transporte hasta la puerta del domicilio, después ve a ver cómo resuelves”, supongo que para ahorrar tinta no lo ponen completo. Subir un colchón matrimonial seis pisos por unas escaleras estrechas es de las cosas más gloriosas que se pueden hacer en la vida. Empujas, sudas, te tuerces, halas, vuelves a empujar, te falta el aire, el corazón a mil, te agachas y regresas abajo, al otro lado del colchón, vuelves a empujar, consigues subir un escalón, Gloria a Dios en las alturas, faltan 67. Horas de trabajo forzado que hay que acabar porque ha caído la noche, no se puede hacer ruido, y si lo dejas en el medio de la escalera, ¿dónde vas a dormir? En el suelo, y que se jodan los vecinos si tienen que bajar o subir, ya no puedo más, termino mañana.
Cuatro, Marlow es un guarro, no dice nada del baño, y éste es un Gran Tema, amplio y ambicioso, merece un artículo completo, el de la semana que viene.

artículo para contrapunto.com (26 05 2015)



EN LA LEGIÓN EXTRANJERA

Después de vivir cinco años en un estudio enano de Montparnasse me desplacé a 45 minutos de París. Necesitaba espacio, iba a casarme y a pasar de ser uno a ser tres. Encontré por internet una habitación en una segunda planta de una casa en un pueblo pegado a un bosque, el típico sitio que hubiera usado para hacer senderismo el fin de semana. Invertiría la situación, viviría donde antes paseaba, y pasearía donde antes vivía. La otra opción para tener un poco más de espacio sin descalabrarme económicamente era buscar algo en las afueras de París, en el banlieu. Pueblos dormitorio, sin gracia, en los que me quedaba, de todos modos, atado a los horarios del tren. Por veinte minutos más de transporte me pareció mejor vivir en un pueblo con paredes de piedra y decoraciones que venían directamente de la Edad Media, con ruidos de partidas de caza de ciervos, perdices y jabalís en el bosque los fines de semana.
Mi arrendador era un coronel retirado del ejército francés. Él estaba en la planta baja con su mujer y, como vecina en la segunda planta, estaba una hija que iba y venía dependiendo del empleo, de la relación con el padre, y de las posibilidades de quedarse donde sus amigos. Era la menor de seis hijos adoptivos, casi todos colombianos. Fueron traídos a Francia a distintas edades, los mayores cuando tenían siete años. El método de aclimatación era drástico, no se hablaba más el español e incluso se les cambiaba el nombre. Era lo que les recomendaron los psicólogos que vieron. Cultura vs. Herencia. Los fui conociendo en el año y algo que viví, y luego vivimos, en esa segunda planta. Todos eran indudablemente franceses, pero muy diferentes entre sí. Una colección de caracteres que iban desde el laconismo del hijo mayor, militar, hasta la sonrisa suave de la hija menor, que dejó a medias la carrera de leyes y tenía un proyecto de vida nada parecido a lo que esperaba de ella su padre.
El coronel retirado es un personaje que merece un libro, más que un artículo. Desde el principio fue abierto y solidario conmigo, así que el sentido del deber me obliga a no ser lo crudo que normalmente trato de ser (a veces caigo víctima de la moral y las buenas costumbres). A las dos semanas de vivir en su casa ya me había contado su versión de su vida: entró al ejército por tradición familiar, una tradición que él intentaba hacer florecer con árboles genealógicos y fotos antiguas. Su carrera militar acabó en el Líbano, con una bala que le atravesó la pierna y lo dejó pensionado y amedallado. De allí pasó a trabajar en el servicio de inteligencia para el gobierno francés, en el área de contraespionaje industrial. Por lo que parece, y si uno acepta el argumento del documental Citizen Four, es aquí donde más se mueve el mundo del espionaje. El coronel retirado me contó que una vez encontró a un chino copiando con papel carbón una pieza en la parte inferior del prototipo de un tren de alta velocidad fabricado en Francia. Del contraespionaje pasó a hacer negocios de comercio internacional o a fabricar tiendas de campaña para el ejército y para campos de refugiados, no recuerdo qué fue antes o si lo hizo simultáneamente. Entre los negocios que me dijo haber hecho estaba un intento de envío de alimento a Irak, en pleno bloqueo del ejército norteamericano, antes de la guerra. No salió bien. También tuvo plantaciones en África, tampoco salió bien. Un proyecto de fábrica en Francia; lo estafaron. En conclusión, en algún momento entró en bancarrota y desde entonces se manejaba con una asociación que había abierto con su mujer, una señora amable, un poco triste, solidaria y religiosa. En la actualidad, el coronel se dedica a editar una revista de militares retirados que sale cada mes, me parece. Entrevistas, reportajes, honores y obituarios.
El coronel retirado es Bonapartista. Yo pensaba que eso se había acabado en la época de Maupassant, pero no, aparentemente el bonapartismo vive saludable (por qué no, si los masones se siguen disfrazando para reunirse). Según él, Francia está bajo la amenaza de los socialistas, dispuestos a destruir las instituciones y los valores nacionales, imponiéndose dictatorialmente (por ejemplo, el tema del matrimonio entre homosexuales era, para él, muy grave); llegará el momento, dice, que los militares franceses, hartos de tanta arbitrariedad y tanto despropósito socialista, darán un golpe de Estado. Si argumentaba contra lo que, para mí, eran exageraciones suyas, no me escuchaba; entonces lo dejaba hablar y, cuando podía, le cambiaba el tema. De todos modos, como dije antes, algo hizo que me tomaran, y luego nos tomaran, aprecio, y de mi parte, de nuestra parte, igual hacia ellos. 
Convivir bajo un techo no es fácil, depende mucho de la capacidad para tolerar diferencias y respetar espacios; de hecho, creo que estamos genéticamente fabricados para lo contrario. Es decir, convivir es un esfuerzo consciente, una intención que se pone en práctica; ese tiempo funcionó bien a pesar de que, en muchas cosas, nuestros arrendadores eran diametralmente opuestos a nosotros. Como reconocimiento, acabé pidiéndole al coronel retirado que fuera uno de los padrinos del matrimonio celebrado a un par de calles de su casa.

artículo para contrapunto.com (19 05 2015)



UN AÑO DE MILONGA

Después de una separación tenía que encontrar dónde vivir rápidamente; había visitado varios sitios bastante cutres (televisores sonando fuerte, niñitos gritando, ropa colgando en el medio de la sala) hasta que por fin encontré lo que quería: un lugar exótico. Una chica argentina alquilaba una habitación en un apartamento que se usaba durante el día para dar clases de tango. Desde que entré y vi a la pareja bailando en el centro del salón supe que ése era el sitio. De los bailes en pareja el tango siempre ha sido mi preferido. 
Mi primera vivienda en Barcelona estaba a tres calles de la Sagrada Familia; la segunda, a tres calles de La Pedrera; este apartamento quedaba a tres calles de la cárcel. Creo que lo mío, en Barcelona, era perseguir lugares célebres.
Al principio salía poco de mi habitación, era la primera vez que vivía compartiendo piso y me sentía extraño, supongo que un tema animal de espacio; además, el jaleo personal en el que estaba me había exacerbado el yo escritor, y pasaba el día dándole a una novela. Pero una mañana salí y encontré desayunando con la dueña del piso a un guitarrista de tango que se había presentado varias veces en un bar que yo había tenido unos años antes; además de tocar, el guitarrista pasaba por mi bar cada tanto, como cliente, porque le gustaba el sitio. El guitarrista me saludó entusiasmado y les contó a los bailarines cómo era el bar. A partir de allí los bailarines de tango me abrieron su mundo.
Cada semana había en Barcelona por lo menos tres milongas (así llaman a los encuentros donde se reúne la gente que baila, muchas de las milongas se hacían después de clases colectivas de tango). En estas milongas, por supuesto, además de bailar, se liga. Ése de allá estaba con la que está bailando a la izquierda pero la dejó por aquella del fondo, sólo que la del fondo siguió enrollada con el de pelo largo, que es pareja de la pequeñita vestida de rojo que está sentada con aquél, un porteño que acaba de venir a vivir a Barcelona. Tres cuartas partes de los habitués eran locales, el resto, argentinos. Mucha gente de oficina que rompía la rutina bailando e intercambiando fluidos.
En una de esas milongas la argentina, que ya era amiga y me usaba como consejero (no sé por qué), conoció a un bailarín profesional de Buenos Aires que estaba de gira en Europa. Se enamoraron y el tipo se vino a vivir con ella (es decir, con nosotros, con ella, conmigo y con la pareja que vivía en la habitación de al lado, él profesor de tango y ella abogado). 
Cuando hablaba con el bailarín profesional parecía como si el universo todo hubiera sido creado para que el tango exista. Era un buen tipo: simpático como puede ser un argentino (hay que entrar en su rollo, los argentinos normalmente no se mueven al rollo ajeno), cómicamente arrogante, hablador, exagerado, como un adolescente grande (me llevaba media cabeza de estatura). Cuando se soltaba no había manera de pararlo: que el tango nuevo es para maricas y el tango clásico es el serio; que las milongas en Buenos Aires se dividían en dos tipos, las que él iba, y las de los boludos; que conoció Corea y Japón, los Estados Unidos y Europa, bailando con la compañía de tango; que los maestros del tango decían; que desde nene, cuando su padre vio lo bueno que era, lo apoyó para que se hiciera bailarín, al principio de baile folclórico, porque él vivía en provincia, y luego se pasó al tango, al irse a vivir a Buenos Aires, el único sitio donde se podía ser bailarín profesional; que sus canciones preferidas de tango eran; que no sé quién y el tango; que esto fue lo que le dijeron los grandes maestros del tango que le vieron bailar… En resumen, el tipo, estaba claro, tenía el genio adentro.
Y aquí viene la parte seria del artículo (que para esto se supone que son los artículos de opinión, para hablar de generalidades, no para echar cuentos): una conversación que no termina de cerrarse nunca con mi mujer y tiene que ver con el talento.  Según ella el talento existe, se nace; para mí no, el talento se fabrica, a partir de algunas ventajas iniciales, pero se hace. El problema está en que, cuando te encuentras a gente talentosa como el bailarín profesional de tango, hay argumentos para ambos bandos. Si de “nene” no hubiera destacado bailando, el padre no lo hubiera apoyado; pero si aun bailando bien el padre, por machismo o por lo que sea, no lo apoya, allí se queda la historia y probablemente el bailarín sería ahora obrero de la construcción. Si con el apoyo y metiéndose de lleno el bailarín no hubiera tenido algún tipo de virtud que le diferenciara de los otros, quizá hubiera abandonado el baile después de un par de años dándose golpes contra las paredes; pero, ¿cuánto hay de verdadera facilidad y cuánto de empeño? No hay manera de medirlo. Empeñarse no es sinónimo de destacar, pero lo que sí está claro es que sin empeño nadie llega (hay demasiada competencia prácticamente en todo). En mi versión, los primeros 20 años de vida son determinantes, o te forjaste una “cultura”, unas “competencias”, en lo que sea que quieras hacer, o serás uno más, sin nada especial que decir. A diferencia del profesor de tango de la habitación vecina, el bailarín profesional no ensayaba; pasaba el día jugando Playstation y fumando; eso no impedía que fuera mucho mejor que el otro. Pero cuando le pregunté al profesor a qué edad comenzó él con el tango fue ya avanzada la adolescencia, y no en la niñez, como fue el caso del profesional; además, su manera de sentir el tango era mucho más racional, menos efervescente que la del bailarín profesional. Para éste, el tango era la vida, para aquél, sólo la parte más importante de la vida.

artículo para contrapunto.com (12 05 2015)



NOVATADAS DE UN LATINOAMERICANO EN EUROPA. EL TECHO

PROBLEMA 1. Vivienda
A pesar de que en Latinoamérica se estuvo entrenando durante muchos años para desconfiar del prójimo y suponer que todo intercambio que mueve dinero tiene truco, el inmigrante latinoamericano, para encontrar apartamento rápidamente y dejar de pagar pensión, hotel, o para no fastidiar más a los amigos…
En Barcelona: contrata los servicios de una agencia inmobiliaria.
La agencia inmobiliaria, que a cambio de una cantidad equis ha prometido resolver el asunto rápidamente, entrega una lista con nombres y números de teléfonos de arrendadores que, al ser llamados, o cuelgan directamente el teléfono, o dicen que hace tiempo ya alquilaron ese apartamento, o preguntan suspicaces de dónde has salido tú.
Después de llamar a todos los números telefónicos de la lista, el latinoamericano comienza a sospechar que la agencia inmobiliaria lo ha timado. Mientras tanto, sigue pagando hotel cada mañana. 
El latinoamericano vuelve a la agencia inmobiliaria y explica la situación, dando a entender que no era eso lo que esperaba de los servicios contratados. La inmobiliaria procede a entregar una nueva lista de nombres y teléfonos, esta vez con más páginas.
El latinoamericano da por perdido el dinero y cambia de agencia. Ahora, le dicen que como es extranjero y no tiene trabajo difícilmente va a lograr alquilar nada a menos que deje un depósito de seis meses, más un mes de comisión, más un mes de depósito legal, más un mes de ya no me acuerdo. En resumen, el latinoamericano tiene que soltar casi un año de alquiler para poder dejar el hotel, entrar a un piso vacío, y “ahorrarse” lo que está gastando.
En París: como desconfía de las agencias inmobiliarias, ahora el latinoamericano utiliza una página web donde los propietarios ofrecen directamente sus inmuebles.
El latinoamericano contacta con una latinoamericana, escritora también, profesora universitaria, con conocidos comunes en el ambiente literario, qué golpe de suerte.
El latinoamericano llega a París, sube las escaleras, toca el timbre, le abren la puerta del estudio, el marido de la escritora, propietario también, dice que como el aspirante a inquilino es extranjero y no tiene trabajo no le puede dar el piso en alquiler. Alarma. Con todos los cuentos que el latinoamericano ha escuchado sobre lo difícil que es encontrar un piso en París hace saber que, para él, la peor opción es comenzar de cero la búsqueda inmobiliaria, sobre todo, porque cada mañana tiene que pagar hotel, pensión, y no tiene amigos a quienes fastidiar.
El latinoamericano ofrece un depósito bancario de un año por adelantado como garantía contra lo que sea (desempleo, cárcel, enfermedad, desaparición, lotería, secuestro, maremoto, Gotzilla). Por supuesto que este depósito está completamente fuera de lugar (la ley francesa no permite más de dos meses de garantía, creo recordar), pero cómo se hace. Los propietarios aceptan. El golpe de suerte se ha convertido en un toquecito de suerte, piensa el latinoamericano, que ve cómo se alejan de él las tres cuartas partes de su patrimonio. Moraleja: con dinero todo se resuelve, pero siempre se necesita más dinero del que se tiene.
Unos meses más tarde, cuando el latinoamericano conoce la experiencia de otras personas, se convence de que sí, fue un gran golpe de suerte, haber podido alquilar, en pleno Montparnasse, andaba iluminado; porque las probabilidades de encontrar un estudio en París siendo extranjero y sin empleo son de 1 entre 9.837 según las estadísticas*. Por esta experiencia el latinoamericano a veces se hace creer que, de alguna manera, la ciudad lo estaba esperando.

LA SOLUCIÓN: buscar por internet un piso compartido, o alquilar una habitación en la casa de un particular, aunque sea en las afueras, sacrificando temporalmente la privacidad para, después, con calma, trabajo, y conocimiento del terreno, alquilar, sí, un sitio como Dios manda. 
Esto me lleva a un par de historias, cuando viví en Barcelona en el piso de una bailarina argentina de tango, y cuando alquilé una habitación en la casa de un militar retirado del ejército francés, en las afueras de París. Pero se me ha acabado el espacio, sigo luego.


*Situación Clásica en París: los propietarios convocan a una sesión general para enseñar el piso y escoger al afortunado ganador del contrato de alquiler. Normalmente hay entre diez y veinte personas en la sesión, muchos con corbata, o tacones, o ambos, y una carpeta llena de fotocopias de fichas de pago y premios al mejor empleado del año. No importa lo oscuro y maloliente que pueda ser el apartamento, siempre habrá alguien mejor cualificado que tú para ocuparlo.







artículo para contrapunto.com (05 05 2015)



VENEZOLANOS DEL OTRO LADO DEL ESPEJO

Terminé el artículo anterior diciendo que cuando el humor de tu país de origen ya no te da risa como antes es porque algo serio está pasando; y no es que el humor venezolano sea malo (al contrario, creo que en Venezuela hay muy buenos humoristas, ácidos e inteligentes, y un sentido del humor siempre vivo aunque la gente se esté matando) es porque, en general, cuando uno es nuevo en una cultura, el humor es de las últimas cosas que se adquieren porque te faltan las referencias o porque te han educado para reírte de unas cosas pero no de otras; y por argumento en contrario, cuando se pierde el humor criollo es porque ya uno se fue, mentalmente, dejó de ser parte de aquello.
Los síntomas de la pérdida de raíces siguen avanzando como una enfermedad curadora, apareciendo cuando te encuentras con venezolanos. Las categorías de personas son las mismas que cuando vivías “allá”, pero la experiencia del encuentro es diferente:
- están los “panas”, el pequeño grupo de personas que siempre te han acompañado (su presencia), con quienes puedes hablar de lo que sea sintiéndote en confianza, conectados a ti como algo natural. Los reconoces porque pueden haber pasado cinco o diez años desde el último encuentro y pareciera que los has visto la semana pasada. Los días que dura el encuentro se vuelven especiales, parecen siempre escasos y se quedan en la memoria. Este vínculo es raro, infrecuente, y no depende de la nacionalidad (los “panas” se hacen dondequiera que uno esté);
- después están los “conocidos” con quienes coincides casualmente, por ejemplo, cuando te los “envían” (el primo de alguien, el sobrino de la señora aquella, ¿te acuerdas?) para que les enseñes la ciudad. Muchos venezolanos (o más bien,  muchos caribeños) con frecuencia parecen haber venido para demostrarse a ellos mismos, utilizándote como canal, que les va bien en la vida, que son muy listos, que están claros con todo (supongo que París y el mito que hay alrededor de esta ciudad favorecen la actitud, como si necesitaran justificar su vida en un país arruinado, demostrando las ventajas de estar allá)… al principio te sorprendes, no sabes por qué lo hacen, pero cuando ves que no es sólo un caso, sino que la historia se repite, entiendes que es un tema cultural, hecho sin doble intención e inconscientemente. De todos modos, ésa era la gente que en Venezuela te daba igual, que te cruzabas cada día y con la que te relacionabas por razones prácticas, pero con quien no llegabas nunca a ir más allá;
- y finalmente están los “otros” (una vez, en un bar de Barcelona, no habían terminado de presentarme a una venezolana cuando me dijo “pero tú no eres de los nuestros”, a lo que debí responder, “gracias, amiga, menos mal”); el tipo de gente que cuando aparece en la calle bajas la cabeza no vaya a ser que te reconozcan como coterráneo; normalmente se mueven por docenas, gritando de un extremo a otro del restaurante, cargados de bolsas, llamando la atención con la ropa y los gestos, necesitando hacer saber que están allí, no sé para qué.
Los encuentros con venezolanos te demuestran, por una parte, que tu sistema de valores se ha desajustado; que la mayoría de las cosas importantes para ellos te suenan raras a ti, y que muchas veces, lo que más te extraña, es verlos convencidos de que su versión de la realidad es universal y la única válida. “Luigi es así porque es bohemio”, escuchas, y te hace gracia porque con la presión que tienes “de este lado” para resolver sin ayuda la vida cotidiana no puedes darte el lujo de vivir “del arte”, como quizá si podrías haber hecho si te hubieras quedado en Venezuela.
Te demuestran, también, que la vocación por la diversión, a este nivel, sólo se encuentra  entre caribeños y africanos; reírse de todo, todo el tiempo, la burla por la burla, en lugar de “el arte por el arte”, a lo bestia, salvajemente, y eso es una maravilla. Los encuentros con venezolanos hacen que se te despierte el cerebro; que desaparezcan la moral y las buenas costumbres; que digas las cosas menos adecuadas en el momento más inoportuno, sólo para ver la reacción que provocan; que bebas como nunca lo haces en Europa; que agudices la mirada; que saques caparazón para las puyas que vienen y que no te descuides jamás, preparado para reaccionar siempre, de buen rollo, riéndote. 
En resumen, los encuentros con venezolanos te permiten, durante un rato, volver a ser quien eras en tu vida anterior, lo que no sé si es mejor o peor, pero, sea lo que sea, es particularmente divertido.





artículo para contrapunto.com (26 04 2015)



“Estimado Armando Luigi Castañeda, la Editorial Contrapunto de Venezuela lanzó en junio de 2014, el portal informativo y de opinión Contrapunto.com (…) estos columnistas recibirán un pago mensual de (…)”
-¿Cuántas cachapas con queso y cochino hacen esto, más o menos? - le pregunté a mi mujer. 
Como, por la inflación, desde hace tiempo la moneda venezolana para mí dejó de significar algo, la solución que encontré fue relacionar el bolívar fuerte con lo que se llevó la mayor parte de mis euros la última vez que visité el país: la cachapa con queso y cochino; un economista creo que lo llamaría “paridad cambiaria”, y funciona así: X Bs.F = 1 cachapa con queso y cochino = X €. Cuando cae el bolívar, sube la cachapa con queso y cochino, pero ésta no cambia su valor en euros.
- Déjame preguntarle a una amiga, luego te digo – me respondió.
 De todos modos, cuando vives afuera, no es por dinero que escribes para una publicación venezolana: sea cual sea el pago, aunque consigas cambiarlo a moneda extranjera rápidamente, no será nada. Uno escribe para “existir” en Venezuela, para que no terminen de olvidarte. Lo del dinero sólo sirve para conocer la “seriedad” del medio que te hace la propuesta.
“La intención es contar con columnistas que posean una visión amplia de la realidad venezolana y si es posible latinoamericana e internacional (…) En tu caso, considerando el tiempo que llevas viviendo en el exterior [el mismo tiempo que Venezuela disfruta de su “Revolución”, porque me fui justo antes de que comenzara] y tu experiencia como escritor y fotógrafo, te proponemos trabajar las columnas para escribir, en clave de crónica, las experiencias que vas viviendo como venezolano en el extranjero (…)”
- Está bueno, ¿no?, la idea – le comenté a mi mujer, que se había asomado a leer – Con eso me obligo a escribir más. Puede ser divertido. Sobre todo porque pareciera que tengo libertad de hablar de los viajes o de lo que sea, por lo que dice un poco más adelante. Si tuviera que reducirlo a la vida cotidiana en dos meses ya me quedo seco.  A ver qué me invento para empezar.
Todo esto fue a principios de mes, pero hasta hoy no había podido volver al tema, ayer me tocó presentar un examen de las oposiciones para entrar a trabajar como profesor de la Educación Nacional. No se veía bien ponerme a escribir por gusto, se suponía que tenía que estudiar para el examen. Pero cuando se tiene el mal hábito de la escritura, siempre, voluntaria o involuntariamente, se están rumiando ideas.
Por ejemplo, podría comenzar hablando de cómo uno, sin darse cuenta, se va “desprendiendo” del país. O el país se le va desprendiendo a uno, no lo sé. El hecho es que, a pesar de que con Internet y el teléfono uno mantiene el contacto con la gente, el mundo de allá se va alejando, lenta e inevitablemente. El proceso es distinto para cada quien, por supuesto, pero creo que hay una especie de guion común, como un esqueleto, con síntomas que se repiten, y que son más o menos estos: 
- dejas de seguir las noticias de los medios venezolanos, te agotan, te deprimen, te repugnan – a menos que seas chavista y entonces Venezuela deja de ser Cubezuela para convertirse en Tropidisney. Pero curiosamente, y esto creo que queda para toda la vida, cuando muy ocasionalmente aparecen noticias sobre el país en la prensa internacional es imposible dejar de escucharlas o leerlas;
- te interesan cada vez menos los temas que los amigos “de allá” comparten; sobre todo, porque la mayoría de los venezolanos “de allá” están, desde hace años, monotemáticos con el tema de la política nacional; 
- dejas de mirar los resultados deportivos, si es que te gustaba el deporte; a mí el deporte siempre me ha dado un poco igual, no puedo decir mucho, pero este síntoma lo he visto repetirse en venezolanos que migraron;  
- el humor ya no te da risa como antes… y entonces, en este momento (el de la risa que ya no sale), comienzas a darte cuenta de que algo serio está pasando, pero…
“(…) una columna semanal, a razón de cuatro entregas al mes, con una extensión de entre 2.500 a 3.000 caracteres con espacios por entrega (…)”
…dice la propuesta de Contrapunto.com, y ya estoy en 4.096 caracteres con espacio (un poco más, por los que suma esta línea), tendré que continuar la semana que viene.

martes, 12 de mayo de 2015

Una entrevista III / III



13) Grandes editoriales-editoriales independientes-editoriales cartoneras-editoriales postindustriales-libro impreso-libro electrónico-no libro. Comente.
Segmentos de mercado en el caso de las primeras categorías; formatos de presentación de unos bienes de consumo determinados, en las últimas. En el primer caso no tengo mucho que decir, mientras el mercado pueda fragmentarse y se sostengan los distintos tipos de editores, con sus mecanismos de difusión particulares, bien para todos.
El conflicto principal creo que se da entre libro impreso-libro electrónico-no libro (dejo aparte los libros de arte, de fotografía, de naturaleza, cocina, viajes, infantiles o en general, todos los libros donde la imagen es más importante que el texto: pienso que estos libros todavía tienen unos cuantos años de existencia). Quienes están en situación de peligro son los libros hechos de palabras, fácilmente digitalizables y consumibles en lectoras electrónicas y en tablets. La existencia en formato electrónico desmonta completamente la cadena tradicional de los libros de papel: autor-editor-distribuidor-librero-lector, que en términos económicos significaba 10% (autor) + 30 % (editor) + 30 % (distribuidor) + 30 % (librero) = precio total,  en su fórmula bonita, y acabó siendo 5 % + 20 % + 40 % + 35 % o algo parecido, en muchos casos. Que se desmonte esta distribución de beneficios, la verdad, como escritor, me da absolutamente igual. Total, el 5 o 10 % del precio total del libro era casi un chiste, si uno piensa en el tiempo que se necesita para escribir un libro (entre dos y seis años, normalmente). Pero a las editoriales y a los distribuidores no les hace tanta gracia. ¿Cómo sostener todo el decorado de críticos, columnas literarias, espacios en los medios, eventos, y publicidad que hay detrás del mercado editorial cuando no hay dinero para eso? La consecuencia inmediata es la orfandad de criterio para los lectores y, también aquí, la desprofesionalización (de los críticos y promotores literarios).
El no-libro puede ser el futuro, pero no inmediato. Esta generación de jóvenes, aunque en general de cultura audiovisual y poco dados a la lectura, sigue acostumbrada a pensar en los libros como algo valioso (especialmente en lo que se refiere a la educación, en todos sus niveles). La sustitución de los libros por los audiovisuales para uso didáctico está en proceso, pero es imposible llegar a los niveles de especialización de contenidos que la educación requiere, y la elaboración de audiovisuales sigue siendo costosa. El libro como objeto de ocio es quien se ve más amenazado por las opciones que proponen las nuevas tecnologías; la competencia es dura, y las novedades aparecen a una velocidad impresionante. Entre las redes sociales y el consumo de videos o video-juegos, el tiempo que queda para la lectura (tradicional) no es mucho. Pero hay un fenómeno estadístico que no se puede negar: hay gente que prefiere leer, aunque eso implique un esfuerzo mayor que otras actividades. Es un porcentaje pequeño, que disminuye cuando la lectura pierde el “prestigio” que tenía en otras épocas.

14) ¿Qué es para Ud. la autoría?
Para mí, es el eslabón, o los eslabones, insustituibles de la cadena de producción de los bienes culturales. En el caso de la literatura, la persona capaz de convertir las ideas en frases con una voz particular. Los editores del libro son intercambiables, igual que los traductores, los distribuidores y libreros aún más. Que un crítico diga A en lugar de B tampoco modifica al libro como objeto, puede afectar ligeramente su difusión, pero poca cosa más. En cambio, la supresión del escritor significa la no existencia del libro.
Si el texto se reduce al comentario de las imágenes, o responde a un tipo de escritura estrictamente codificado (por ejemplo, en un libro sobre preparación de cócteles), creo que la autoría se desplaza al editor, porque es él quien ha organizado el trabajo dándole un estilo propio; tanto el redactor como el fotógrafo son sustituibles en esta clase de libros (sobre todo, en las llamadas “colecciones”).

15) ¿Copyright o copyleft? ¿Por qué?
Frente a la baja rentabilidad del libro para el escritor es natural que aparezcan opciones alternativas de utilización de sus derechos de autor, principalmente cuando el autor busca una mayor difusión. Normalmente, a estas alturas, no se escribe un libro porque se espere obtener de él una cantidad significativa de dinero, se escribe como medio para llegar a otro tipo de beneficios: necesidad de expresión, prestigio frente a un colectivo determinado, carta de presentación curricular, amor propio, etc. En la mayoría de estos casos, mientras más circule la obra, mejor es para el autor. ¿Por qué amarrarse a un editor (normalmente pequeño) si lo que se gana, en términos económicos, por los derechos de autor, es casi ridículo? Desde mi experiencia, publicar en papel sólo sirve para tener un ISBN y ser archivado en las bibliotecas nacionales (como una pequeña garantía contra la desaparición, algo que no ocurre cuando se existe únicamente en formato digital).
En una oportunidad escribí con un amigo un libro descaradamente comercial (tenía que ver con el equipo del Barça). Como, de entrada, no me ofrecían mucho dinero, hice mi parte en tres semanas. Por suerte el libro se vendió bastante bien y sacaron varias reimpresiones. En total, durante los dos años que el libro existió en las librerías, me habré sacado unos tres mil euros. La pregunta es, ¿qué hubiera pasado si en lugar de trabajar con el copyright hubiéramos trabajado con el copyleft? Pienso que no me hubiera animado a escribirlo. Hay muchos temas que me interesan más que el Barça. Adonde quiero llegar es que no reniego del copyright como figura legal, desde el punto de vista práctico, sólo que dudo de su utilidad en lo que tiene que ver con la “mejor vida posible” de la literatura no comercial: entregar los derechos de autor a un editor pequeño significa reducirse a su capacidad de promoción y distribución, que normalmente es casi nula; guardarse los derechos de difusión vía web abre la posibilidad de que el libro tenga una circulación relativamente mayor, si uno se mueve con la auto-promoción (lo que no es mi caso).

16) ¿A quiénes considera como innovadores en la literatura latinoamericana actual? ¿Por qué?
Esta pregunta la tengo que saltar porque, en realidad, no estoy al día. Puedo recomendar a algunos escritores (como Slavko Zupcic), pero son casi todos amigos, y supongo que éste no es un criterio demasiado objetivo.

17) ¿Qué instituciones, publicaciones, proyectos o sitios considera importantes en el panorama de la literatura latinoamericana actual? ¿Por qué?
Creo en el valor de las antologías. Son una especie de “tráiler” (como en el cine) de la literatura actual. Algunas de estas antologías (por ejemplo, http://www.piedepagina.com/redux/category/especiales/el-futuro-no-es-nuestro/) consiguen hacer ruido y atraer la mirada sobre la pluralidad de la creación latinoamericana actual. Este tipo de iniciativas pienso que son valiosas. Sirven, también, para que los autores se conozcan entre ellos y, en algunos casos, vía redes sociales, entren en contacto.
Por otro lado, el mundo de los premios literarios y los espacios “oficiales” de la literatura tiene sus particularidades; para mí tiende a ser endogámico (lo que no es bueno ni malo) y a generar un perfil determinado de escritor, e implica algunos compromisos, en cuanto al tipo de textos “competitivos”, que a veces pueden no ser interesantes. Todo depende de las razones que lo llevan a uno a escribir.
Luego están los espacios de algunos individuos que se han dedicado a descubrir y promocionar a los nuevos autores, algunos de ellos, apoyados por la academia, de manera profesional. Uno de los más interesantes es el escritor y crítico peruano Julio Ortega (http://www.elboomeran.com/blog/483/blog-de-julio-ortega/), la persona que conozco más al día con las novedades literarias latinoamericanas, y con una visión aguda sobre lo que está pasando.
Para mí, es imposible decir si son las instituciones, o los proyectos, o los sitios, o las publicaciones, quienes más oxigenan al panorama literario; creo que, al final, como en todas las actividades, el valor de estos espacios depende de las personas que realizan el trabajo.

18) Indique enlaces para textos suyos y material crítico sobre su trabajo:
http://luigicastaneda.blogspot.fr/
http://sudaquia.net/index.php?route=product/author/info&author_id=16
http://www.contrapunto.com/index.php/opinion/itemlist/user/1916-armandoluigicastaneda
http://www.elboomeran.com/blog-post/483/14535/julio-ortega/mis-mejores-libros-del-ano-narracion1/ (mi última novela es uno de los libros que Ortega cita)

19) Indique enlaces para material audiovisual (lecturas, performances, entrevistas etc.): 
No he colgado nada parecido. Tengo fotografías, pero son parte de un trabajo paralelo, no relacionado directamente con la literatura:
https://www.facebook.com/armando.luigi?ref=profile

20) Indique como desee (texto, gráfico, dibujo) el mapa de su red (personas, proyectos, instituciones, publicaciones, afinidades, interlocuciones, otros):
Mi ordenador como espacio de creación (el disfrute puro y duro de escribir) - una novela casi terminada dentro de él, con la que haré todavía no sé qué - algunos amigos con quienes intercambio textos y opiniones de nuestros propios trabajos - algunos desconocidos que me piden ocasionalmente cosas para antologías - una columna de opinión en una publicación semanal (reciente).
Aparte de esto, creo que nada más.

Una entrevista II / III


9) Literatura y modo de vida. Literatura y pensamiento. Literatura y lenguaje. Literatura y política. Literatura y arte. Comente.
Literatura y modo de vida. Cuando uno está realmente triturado por las circunstancias escribir es una gran suerte; te permite creer que todo lo que está pasando es material literario y hasta das gracias a las Parcas por los favores recibidos. Por ejemplo: divorcio + trabajito cutre + falta de dinero + no tener claro cómo salir de todo eso = una novela “en tiempo real” que salió más rápido, y mejor, que cualquier otro de mis libros; vivía como si mis días y la novela fueran más o menos lo mismo; hacía cosas para ver qué resultaba y poder escribirlas. Fue gracioso, aunque no sé si lo repetiría.
Literatura y pensamiento. Supongo que el solo hecho de escribir viene junto a la pretensión, un poco ridícula, de creer que uno tiene algo (importante) que decir, un pensamiento que merece ser conservado (al final es eso, ¿no?, la literatura, una especie de “formol para las ideas”). Si no, ¿quién se tomaría la molestia de hacer un texto? El estar aquí sentado respondiendo esta entrevista, en lugar de ir, no sé, al sofá para ver Sunset Boulevard, ya viene unido a la idea de que estas líneas, que reflejan unas ideas que van a llegar a otras personas, son parte de un gesto de comunicación del pensamiento que tiene valor (o, por lo menos, que es lo suficientemente valioso como para que se desarrolle). Por supuesto que cuando uno lo piensa en frío pierde toda la gracia… pero he aceptado responder y enviar la entrevista, así que mejor dejo el cinismo y el espíritu crítico de lado y sigo con el apartado siguiente.
Literatura y lenguaje. Para mí la literatura es para la lengua lo que para la construcción de coches es la F1, o lo que para la moda son los desfiles de alta costura. Es, o puede ser, el campo de experimentación que permite mezclar cosas que normalmente no van juntas; por ejemplo, incorporar el lenguaje de la calle al mundo académico a través de la oralidad en la literatura; o reajustar las fichas (el vocabulario, la sintaxis, la gramática) y fabricar una combinación que refleje una versión propia del proceso de comunicación escrita; o presentar una selección personal de obras escogidas de la innumerable, pero finita, biblioteca de Babel de Borges. Por supuesto que la literatura tiene también otros usos igual de nobles, pero éste es el que yo prefiero darle.
Literatura y política. Durante un tiempo la literatura fue una herramienta importante de propaganda (política y religiosa, social y económica). Cuando los lectores se dejaban influenciar por los libros a los grupos de poder les convenía invertir en los escritores. Desde la caída del muro creo que la idea es menos atractiva. Mantener intelectuales no sirve para mucho, al contrario, apoyar a los escritores es alimentar a gente que puede llegar a poner en duda las políticas públicas o desenmascarar las herramientas de la manipulación de masas vigentes. Supongo que eso explica, aunque sea parcialmente, el desmantelamiento de las fuentes de financiación pública de los intelectuales, desde las universidades hasta los medios de comunicación. Todavía existen espacios para los escritores dispuestos a hacer su papel de escritores, son los premios literarios, las columnas en los periódicos grandes, los eventos y las charlas, espacios que favorecen un perfil determinado de escritor-intelectual, semi-crítico, semi-independiente, semi-todo lo demás. Estos espacios están abiertos a los que sepan cómo, y quieran, jugar al juego. Bolaño hace una descripción simpática en los Detectives Salvajes, cuando habla del escritor de carrera en los fragmentos que terminan con aquello de “todo lo que comienza en comedia termina en…”.
Literatura y arte. Aquí no tengo claro de si se trata de las artes plásticas, las “artes” en el sentido amplio clásico (todo lo que una cultura produce buscando despertar la emoción estética), arte en el sentido antropológico (toda técnica capaz de añadir un valor a los objetos culturales, materiales e inmateriales), supongo que puedo hablar de la definición que quiera. De entrada, no veo una gran diferencia entre el impulso que mueve al escritor y, por ejemplo, el que mueve al pintor o al músico. Cambian, sí, los medios y el “retorno” que el artista o el escritor obtienen del grupo social. Cambia también la imagen frente al público, exactamente igual a como ocurre en el deporte, la imagen social de un tenista o de un futbolista no tiene nada que ver con la imagen social de un lanzador de discos o de un jugador de ajedrez; aunque todos estén ejerciendo una actividad deportiva, es el contexto y los acuerdos culturales los que dictan el valor del trabajo. En este momento, tengo la impresión de que los artistas plásticos, cuya imagen social ha venido cayendo en picada de una forma más violenta incluso que la de los escritores (por ejemplo, ¿cuáles son los equivalentes actuales de Picasso o de Warhol desde el punto de vista de la fama y la influencia sobre la gente de la calle?) han conseguido escapar de la crisis económica que afecta a escritores, músicos y fotógrafos, básicamente porque los objetos que producen escapan del abaratamiento que supone la entrada del mundo digital y de Internet; siguen produciendo objetos únicos con un valor de mercado que se presta a la especulación, y como las acciones de la bolsa, pueden aprovechar las vacas gordas y las “ burbujas” (con el beneficio paralelo de la protección que las obras de arte aún reciben de las legislaciones tributarias). En resumen, literatura y artes (plásticas), hermanas de entrada, se divorcian en la salida.

10) ¿Qué tan vigentes están los géneros literarios? ¿Y la idea de calidad literaria? ¿Cree en alguna clasificación, jerarquía u oposición entre los géneros o los tipos de  literatura? Comente.
Mientras los géneros literarios sean utilizados por los editores para crear un “target”, un público destinatario, un consumidor potencial, siguen vigentes. Mientras la señora amante de las novelas románticas, o el adolescente freak de la ciencia ficción, cuando visitan al Fnac, se dirijan a unos espacios concretos, los géneros siguen allí. En resumen, mientras haya etiquetas sobre los anaqueles de las librerías, habrá géneros literarios. Que en la llamada “literatura de autor” los géneros se disuelvan, aparentemente, cada vez más, ya es parte del aire de los tiempos (supongo que un aspecto de eso que los críticos llaman “posmodernidad”). En todo caso, el salto de un género a otro y las mezclas ya existían en autores tan antiguos como Rabelais o Cervantes. Más que el juego “de ruptura” formal que representa la fusión de los géneros, creo que la verdadera revolución se está dando a nuestras espaldas, y pone en cuestión la misma vigencia del libro como objeto. Pero eso nos desviaría a otro problema.
Sobre la calidad, creo que hay un solo juez, todopoderoso e implacable, que a veces cambia de opinión, pero sólo ocasionalmente. Ese juez es el tiempo. Si un texto es capaz de seguir hablando después de cien años, es un buen libro; si se queda mudo, pues nada, hizo lo que pudo, y quizá le sirvió al autor, o a los que se aprovecharon de él cuando era un recién nacido, pero poca cosa más.
Clasificación, jerarquía, oposición… clasificación: la que uso para ordenar los libros y saber dónde buscarlos en el archivo con los 10.000 libros en .pdf que he acumulado; ubico al autor en el momento en que estuvo más activo y lo sub-clasifico según su origen (por ejemplo, si quiero buscar a Guimaraes Rosa, entro a 20º, latinoamérica, voy a la “g”); es decir, es una clasificación con un carácter práctico que no va mucho más allá de eso, aunque detrás está la idea de que a todos nos ata nuestro tiempo; sólo que acaba juntando a Burgess, el de La naranja mecánica, con Churchill, el de Sangre, sudor y lágrimas. Una clasificación así en una biblioteca, o en una librería, creo que no funcionaría.
Jerarquía, la que uso para decidir el orden y las prioridades de lectura; aparte de eso, que es inmediato y funcional, creo que para mí existen dos tipos de libros, los que volvería a leer, y los que no. Antes me servía para saber cuáles libros podía prestar (o regalar, porque difícilmente alguien devuelve un libro prestado), pero la clasificación dejó de ser útil cuando, después de una mudanza, decidí no volver a acumular libros en papel y llevar mi biblioteca en un disco duro portátil. ¿Jerarquías de géneros? En general, los géneros tienden a ser cosas babosas. Géneros considerados “menores”, como la novela de espías, han permitido la aparición de autores “mayores”, como John Le Carré (aunque a mí me dé, él en particular, bastante igual). Creo que me quedo más bien con Bucowsky dentro del género de la literatura semi-pornográfica. La literatura hecha intencionalmente para ser “grande”, con grandes temas y grandes historias, muchas veces sólo produce libros pesados y pretenciosos. Nadie puede saber de dónde vendrá la próxima sorpresa.
Oposición entre los géneros, supongo que existe, claro, en la práctica, en el mundo real: literatura comercial vs. la literatura “de autor” (la que se lleva los premios “oficiales”); literatura juvenil vs. literatura para adultos; femenina vs. masculina; etc., caemos de nuevo en la señora o el joven que visitan el Fnac y necesitan saber a cuáles anaqueles dirigirse para comprar un producto que les guste. Detrás del márquetin, no sé realmente si exista una oposición, hablando estrictamente como autor, entre géneros o tipos de literatura; a mí, en particular, me gustaría mucho poder moverme de un género a otro con toda comodidad, usando la parodia o no, como lo hace Cabrera Infante en Tres tristes tigres. Pero para poder realizar estos saltos con acierto es necesario conocer bien los géneros que se parodian, y eso significa horas de lectura en trabajos que, probablemente, para uno no son interesantes.


11) Los medios digitales propiciaron cambios en los modos de producir, difundir, intercambiar textos. Y asimismo en las maneras como se lee, se usa, se entiende, se autoriza, evalúa y clasifica la literatura. Comente estas afirmaciones, agregando sus ideas sobre hacer literatura en la actualidad.
Para construir estas afirmaciones yo no usaría el tiempo pasado sino el presente: “los medios digitales propician cambios en…”, creo que el proceso no ha terminado, más bien acaba de comenzar. Bajo el sistema actual una buena parte de los oficios creativos, como los conocemos ahora, están desapareciendo o van a desaparecer (no sólo los escritores dedicados exclusivamente a la literatura, también los músicos o los fotógrafos, entre otros). Igualmente, los canales de difusión están en estado terminal (desde el Washington Post hasta la librería de barrio, pasando por las agencias de fotografía, las tiendas de discos o las revistas en papel). La consecuencia inmediata, al desaparecer los fondos que tradicionalmente han sostenido a los creadores, será las “desprofesionalización” de escritores, músicos, fotógrafos, etc. Quienes realizan estas actividades creativas lo harán como trabajo secundario, para obtener beneficios indirectos, pero no como actividad principal, como en su momento lo hicieron Robert Capa, Igor Stravinski o Mario Vargas Llosa. La obra publicada o difundida será un “objeto de prestigio”, no una fuente de ingresos, un prestigio cada vez más endogámico, ignorado por la mayor parte de la sociedad desde el momento en que los “creadores” ocupan menos espacio en los medios de comunicación de masas. Eso, creo, es el futuro inmediato. Con respecto al mediano y largo plazo no tengo la menor idea porque las cosas evolucionan muy rápidamente, sobre todo en lo que tiene que ver con las comunicaciones y los medios. Esto en relación a los autores.
Libros, yo mismo soy el peor ejemplo para el gremio: desde hace mucho tiempo (cuando digo mucho, son más de diez años) no compro un libro que no sea 1. Porque lo he necesitado en algún posgrado; 2. Porque es de fotografía o pintura, y lo prefiero impreso que en digital; 3. Porque quiero apoyar a algún amigo. Del resto, todo lo he tomado (o robado) de internet y lo leo en la tablet. Tengo una enorme cola de lecturas pendientes, a la que sumo otra cola enorme de revistas digitalizadas que descargo a 10€ las diez revistas desde una página legal de internet (son exactamente las mismas revistas que hay en los quioscos, Photo, Polka, etc.). Con todas estas lecturas pendientes no necesito comprar libros en papel, especialmente si no siento interés por las novedades. En resumen, en mi vida práctica, si decretaran el cierre de todas las librerías y las bibliotecas, como en el Fantomes de Cortázar, la verdad es que no pasaría nada, o casi nada: me fastidiaría mucho no poder cumplir mi ritual semanal de ir a la biblioteca de la Maison de la Photographie para meterme en la obra de un fotógrafo concreto a través de sus libros, pero aparte de esta visita semanal, mi vida no cambiaría gran cosa. Con los pocos escritores que mantengo contacto normalmente los intercambios se realizan en formato digital; en papel, sólo los libros que nos han publicado recientemente, o sea, uno cada tanto. Esto, sobre los libros.
La comprensión, evaluación, autorización y clasificación de la literatura creo que acaba reduciéndose a los ambientes académicos, y en algún caso, a los críticos iluminados de unas revistas literarias cada vez menos atendidas. Cuando yo estaba joven se decía que todo escritor que apareciera en los espacios de crítica literaria del New York Times, aunque su libro fuera pulverizado, tenía la garantía de que la edición se vendería; hoy en día, es la edición del propio diario New York Times que está a punto de desaparecer; creo que esto es bastante sintomático. Por otro lado, según las estadísticas, por lo menos en España, el espacio qué más libros vende es una cadena de supermercados; es decir, libros que se compran, la mayor parte de las veces, para regalar, sin un criterio muy definido, sin asesoría, en resumen, sin saber gran cosa sobre ellos (más allá de la portada y el texto de la  contraportada). Hace diez años, cuando yo vivía en Barcelona, se estaban imprimiendo y vendiendo más libros que en cualquier otro momento de la historia, pero la lectura, como actividad, estaba en franca decadencia. La respuesta a la paradoja es que los libros se tienen, pero no se leen.
Desde mi experiencia inmediata (no tengo nada oficial que respalde la idea) creo que una dificultad añadida a la lectura, y al libro, llega con la tablet. Una de las funciones del libro era ocupar el tiempo que usaba la gente en el transporte público o en casa, al regresar del trabajo. Ahora tenemos videos con audífonos para llenar esos momentos. La recepción audiovisual es mucho menos exigente que la lectura, y por un tema simple de “mínimo esfuerzo” creo que ya podemos imaginar la tendencia. Tengo la impresión de que la lectura, y la literatura misma, acabarán ocupando un espacio equivalente al que actualmente ocupan el teatro o el ballet: una actividad minoritaria, con poca incidencia en el mundo cultural (en comparación con la música comercial y el cine, por ejemplo). Esto no quiere decir que la escritura va a desaparecer: mientras los audiovisuales necesiten guiones, habrá escritores (de guiones); mientras la educación necesite libros de texto, habrá escritores (de libros de textos). Quien queda fuera de juego es el escritor (de literatura), que será, como los dramaturgos o las bailarinas de ballet, casi una figura de museo.


12) ¿La literatura es una práctica de las élites? ¿Por qué?
De las “élites” socioeconómicas no lo creo, si usamos la palabra “práctica” como sinónimo de ejercicio habitual; al contrario, creo que es una actividad poco atractiva para las élites (si nos fijamos en las biografías de los autores actuales encontramos que la mayoría vienen de la clase media). Lo fue, en el siglo XIX y hasta mediados del XX, cuando el escritor era un people (que no aparecía en las revistas del corazón porque no existían, pero podía ser el centro de los chismes que circulaban en la alta sociedad); pero actualmente, en el siglo XXI, el escritor es un personaje menor. Por ejemplo, cuando en alguno de los ejercicios que uso con los chavales (de clase alta) a los que doy clases aparece el tema de qué piensan hacer en el futuro, muy rara vez encuentro la palabra “escritor”; en cambio, no es raro encontrar “fotógrafo”, o “periodista”, tiene más charme. Creo que la imagen del escritor que circula entre los chavales es la de un tipo feo, con gafas gruesas, antisocial, pedante, aburrido, desagradable (me imagino que es lo que concluyen después de ver a muchos de los escritores que aparecen en la televisión). Frente a esta imagen dudo que las futuras élites se sientan atraídas por la literatura; si añadimos, además, que desde el punto de vista económico la literatura es completamente nula (no hay relación entre el beneficio económico y el esfuerzo), y que el peso de los escritores sobre la opinión pública tiende a reducirse, la idea del escritor como parte de la élite queda un poco tocada; y si esto es en Francia, uno de los países con uno de los niveles culturales más altos que conozco, supongo que en otros lugares debe de ser peor.

Una entrevista I / III



Nombre: Armando, Luigi Castañeda
País de origen: Venezuela
País(es) de residencia (anterior(es) y actual): Venezuela, España, Francia
Oficio(s), profesión(es), actividad(es) etc.: abogado, traductor, dueño de bar, publicista, fotógrafo, profesor
Otros datos biográficos que considera importantes: (edad, identidad de género, trayectoria etc.): viajes, cambios.
Obras publicadas (las más relevantes): La fama, o es venérea, o no es fama (Sudaquia, 2014); Guía de Barcelona para sociópatas (Universidad de Veracruz, 2010); Escritores latinoamericanos del siglo XXI (Julio Ortega, compilador; México, 1995)
Página web, blog o proyectos en línea: luigicastaneda.blogspot.com
Premios, menciones, reconocimientos etc.: Joven autor invitado a la Feria del Libro de Guadalajara 2005
Comente lo que hace: 

1) Literatura latinoamericana. ¿A partir de qué marcos considera este término? (geográfico, étnico, lingüístico, político, crítico, mercadológico, otros) 
Básicamente geográfico y de nacionalidad: la literatura producida por quienes viven en la región desde hace más de, no sé, diez años (medida arbitraria), y la de quienes ya no viven en la región pero son originarios de ella y pasaron su juventud allí (criterio un poco menos arbitrario porque creo que uno se “hace” durante los primeros veinte años de vida).

2) ¿Cómo se sitúa (o no) en estos marcos?
Viví en Venezuela hasta los 28 años, creo que esto da un conjunto de características a mi trabajo que no tendría si hubiera pasado este tiempo en otro lugar (el estilo del humor, por ejemplo).

3) Literatura nacional-literatura local- literatura regional-literatura internacional-literatura mundial. Comente.
Con el proceso de la globalización creo que es difícil pensar en una literatura actual que no sea mundial. Tenemos acceso a una variedad de tradiciones literarias diversas y esto lleva a grupos literarios o afinidades de estilo que no pueden reducirse a un entorno geográfico. Creo que es más fácil sentir que uno es parte de una idea de la literatura, de una búsqueda, de un género, de una estética, de un tipo de escritura, de estilo, antes que sentir que se es parte de una tradición regional, local o nacional. 


4) ¿Qué le motiva o inspira?
Supongo que la idea de no pasar por este mundo sin dejar un pequeño registro de lo que significó este paso. O, mejor, cito una frase de Walker Evans que leí hace un par de días: “Mira fijamente. Es la manera de educar los ojos, y más: mira, curiosea, escucha a escondidas. Muere sabiendo algo. No estarás aquí durante mucho tiempo.”

5) Su origen de clase, edad, identidad nacional o de género, ¿qué tanto tiene que ver con su literatura? 
Desde el momento en que son elementos que determinan la personalidad y el carácter aparecen en la obra literaria. Creo que en la literatura, como en todas las formas de expresión (aunque quizá un poco más que en la mayoría de ellas), se evidencia lo encerrados que estamos en nosotros mismos. No podemos huir de lo que somos, de nuestra historia personal, de nuestro contexto, de nuestro momento histórico, de nuestras referencias, incluso, del momento emocional que estamos atravesando. Creo que cada párrafo que escribimos habla de todo esto entre líneas, el “tono” de la persona se transpira aunque se trate de una literatura relativamente codificada; incluso si se trata de un trabajo que se ajusta a unos cánones determinados (por ejemplo, comerciales), la escogencia de las palabras, la construcción de las frases, la misma idea de querer ajustarse a un modelo, ya delata al autor sin que éste se dé cuenta.

6) ¿Cree en generaciones? ¿En qué sentido?
Creo; primero, en el sentido de que el aire de los tiempos contamina el trabajo literario (los valores de la época, las modas o la contracultura, la percepción de lo “bello” y de lo “feo”, las creencias políticas, lo idea de lo bueno y lo malo, de lo correcto y de lo incorrecto, etc.); y segundo, en el sentido de que existe un sistema de difusión de las obras que premia o castiga los trabajos (publicándolos o no, difundiéndolos o no), y esto depende descaradamente del momento que se está viviendo y del contexto. Por ejemplo, el boom latinoamericano estuvo atado a un grupo de editores catalanes que encontraron una forma de proponer una literatura con un contenido político capaz de atravesar la censura franquista (al final, se trataba de autores extranjeros, no estaban atacando al gobierno español directamente). Una vez acabado el periodo franquista, el interés por los escritores latinoamericanos disminuyó (se puede decir que dejaron de ser “útiles” para los editores catalanes). En este sentido podemos hablar de una “generación” como la reunión de los autores activos en un contexto particular que reciben los “premios” que este contexto distribuye.

7) ¿Se considera parte de una tradición? ¿Un innovador? ¿Ambas o ninguna de las dos cosas? ¿Por qué? 
Aunque uno se niegue, se revuelva, se tire de cabezas por un pozo, y luego escriba, inevitablemente es parte de una tradición (el único que podría salvarse de esto sería el protagonista de El libro de la selva). Se recibe una cultura, se vive en ella, se asimila, se niega o se acepta, se critica o se defiende al sistema, se hace uno revolucionario o conservador, etc.; este proceso es inevitable o, más que eso, incurable. Si hablamos de una tradición concreta, con nombre y apellido, puede uno asumir conscientemente el rechazo o la inscripción en ella, y luego, con la obra, ser más o menos consecuente con la postura asumida. En mi caso particular, por distintas circunstancias (inicialmente el precio, luego el gusto) mis lecturas se dirigieron principalmente hacia autores muertos desde hace tiempo (lo que normalmente se agrupan bajo la etiqueta de clásicos; sólo que con tendencia fuerte a los clásicos malpensantes: Artistófanes, Catulo, Bocaccio, Villon, etc.). Desconocía, y todavía desconozco, la mayor parte de las cosas que hacen los autores contemporáneos. Esto le ha dado a mis trabajos un aire un poco raro, algo lejano a lo que los autores de mi “generación” están haciendo. Por otra parte, como desde que comencé a escribir me di cuenta de que no iba a sacar dinero de la literatura, he tendido a hacer un tipo de textos “experimentales”, que persiguen resolver búsquedas propias, poco adaptados a las exigencias de las editoriales (sobre todo de las grandes). De nuevo, pareciera que voy de espaldas a mi “generación”, por lo menos, en lo que se refiere a la distribución de premios; lo que no quiere decir que mis trabajos no puedan ubicarse en nuestro tiempo, sólo que, en relación a las tendencias dominantes, se mantienen al margen. Como dije antes, creo que es imposible escapar de la época que a uno le ha tocado vivir, aunque sea caminando hacia otro lado.

8) ¿En cuál(es) de estas categorías se encaja? ¿Escritor? ¿Periodista? ¿Poeta? ¿Artista? ¿Pensador? ¿Activista? ¿Crítico? ¿Profesor? ¿Maestro?¿Intelectual? ¿Investigador? ¿Gestor cultural? ¿Mediador? ¿Editor? ¿Brujo? ¿Chamán? ¿Otras? Comente.
De entrada, en ninguna. No soy escritor porque no vivo de lo que escribo. Periodista quería, pero mi mamá me sobornó para que estudiara derecho y no Comunicación social y caí en el soborno, gilipollas yo. Poeta, ni de chiste. Artista, llevo el pelo corto, y también las ideas. Pensador me da grima, es como negar que los demás lo hagan, cuando no hay animal con cerebro que, a su manera, no piense. Activista difícil, me cuesta formar parte de grupos y tiendo a ser escéptico con los grandes cambios y las grandes ideas. La crítica me da sarna. Vivo principalmente de dar clases, pero es circunstancial (hasta hace un par de años nunca lo había hecho y nada garantiza que dentro de un par de años lo siga haciendo). Maestro suena grandilocuente, ¿no? Intelectual, casposo. Investigador no, aunque respeto lo que hay detrás de la idea. Gestor cultural, quisiera, pero no veo por dónde. Mediador, no sé por qué me viene a la cabeza la imagen de un réferi de boxeo. Editor, nunca lo haría, creo que es uno de los peores negocios en el mundo actual. Brujo o chamán, a ver si algún día me termino de ir al África y me dedico al oficio, por lo menos para estar seguro de que voy a tener algo para comer. Otras, ¿hay más? 

lunes, 4 de agosto de 2014

070

Montparnasse, París, 2010


INSTRUCCIONES PARA RECORDAR A CORTÁZAR DESDE UN EXTREMO DE LA ILE DE SAINT LOUIS

Antes que nada vacíe su entendimiento de cualquier idea de interés general que pueda tener algún carácter económico o un uso práctico. A continuación, abra los párpados hasta que el temblor de la imagen y el dolor en los globos oculares le indiquen que ellos (los ojos) están a punto de rodar por la acera y entrar, si la inclinación del boulevard Henry IV lo permite, al square Barye. No olvide, en esta etapa del procedimiento para recordar a Cortázar, levantar ambas cejas y aspirar el aire como cuando se está a punto de entrar a un baño público, de manera que se evidencie un fuerte shock emocional del tipo admirativo o sorprendente (en posición de víctima de la sorpresa, se entiende). En caso de notar que los transeúntes y viandantes, turistas, metecos o aborígenes, pasan de usted, emplee alguna de las siguientes frases: “Boludo, ¡tenés que venir a ver esto!”, o “Ché, toda la vida he esperado este momento, ¡y aquí estoy!”; si no se siente a gusto con las dos exclamaciones propuestas elabore la suya propia, siempre cuidando que ésta no guarde relación con la nacionalidad y la lengua hipotética de sus víctimas potenciales. En caso de notar que el ejercicio no lleva al fin buscado (la Humanidad se empeña en ignorar su sorpresa o, peor aún, su existencia), ubíquese en la entrada del parque de forma que su masa corporal impida la entrada o la salida al recinto. 

Es probable que sus víctimas potenciales salten la reja (40 cm.) para entrar al parque evitando cualquier contacto físico o verbal con su persona, pero tenga paciencia, en algún momento una pareja de sexagenarios incapacitados para los alardes malabares se detendrá detrás de usted a esperar que de buena gana ceda el paso. 
Es el momento de actuar: 
-- ¡Boludo (mire al sexagenario de sexo masculino cuando hable), ¿recordás Las babas del Diablo?!
-- Sorry?
-- ¿Cortázar?, ¿Las babas del diablo?, ¿te suenan?, ¡Blow-up, pibe, Blow-up!
-- Blow up?
Pero como no es para hablar de cine que ha llegado hasta acá, ni es ésa la función del recuerdo, volverá sobre sus pasos, en sentido metafórico, y retomará la conversación allí donde la dejó, es decir, en el descubrimiento de la escenografía del cuento Las babas del diablo. Seguramente ninguno de los sexagenarios habrá leído el texto ni sabrá nada de su autor, pero no se desanime, mejor así, esto le da la oportunidad de extenderse en la biografía del argentino y en el acumulado de anécdotas sobre su carácter y su vida (no olvide mencionar que en Barcelona un amigo del primo de un amigo le dijo que cuando estaba joven vivió en París y conoció al escritor, que ambos jugaban en el mismo equipo de fútbol los fines de semana; un equipo compuesto por españoles huidos de Franco y latinoamericanos escapados de todo lo demás; que Cortázar era un futbolista terrible, por las piernas demasiado largas y su estilo de juego, que consistía en no moverse de donde lo ponían; que además era un tipo muy tímido y callado, sencillo y de buen corazón, algo así como una especie de niño grande, inmenso, porque medía alrededor de dos metros de altura).
Posiblemente la pareja de sexagenarios, un poco por cortesía y otro por no saber qué hacer, habrá aceptado su compañía a pesar de su verborrea; es el momento de invitarles a conocer la tumba de Julio Cortázar en el cementerio de Montparnasse, difícil de encontrar si van solos, porque está en un lugar que se disuelve entre tanta lápida, pero se reconoce desde lejos, la nuestra, porque tiene como unos círculos con aire de burbuja que le salen de la cabecera, no se sabe por qué ni hacia dónde, y sobre ella los fans han dejado una colección de mensajes, algunos muy huachafos, otros no tanto, y piedritas, y páginas de libros, y hasta botellas de bebidas alcohólicas o espirituosas, y que alguno le ha escrito no sé qué del cronopio mayor, y otro (seguramente una chica) le quiere hacer saber al cadáver que sus libros le han cambiado la vida, etc.
En este momento, y para poner a prueba la capacidad de aguante de los sexagenarios, pase a hablar de usted, explíqueles que París no sería la misma sin Cortázar, que la baba del Perseguidor y los laberintos de Rayuela han dejado su marca en la ciudad, que los años cincuenta y el jazz y el existencialismo y la ontología y los surrealistas y la noche y el Sena y Saint-Germain-des-Prés y vivir los días alimentándose de lo que llena la cabeza sin pensar en el qué será y la Maga y quedar para verse a cierta hora sin saber el lugar, para encontrarse así, por puro instinto. Que seguramente Cortázar tuvo mucho que ver con la decisión de venir a establecerte en la ciudad, hace ya casi siete años, con escoger un ático en Montparnasse, cerca de los jardines de Luxemburgo, porque París es la rive gauche, fundamentalmente, y algo, pero muy poco, de la rive droite; y los clubes de jazz de la rue des Lombards; y las caminatas durante horas sin molestarse en escoger un destino, de quartier en quartier, de puente en puente, porque sólo caminar la ciudad es ya un gusto inmenso, y por eso la frase “París es gratis” que aparece en Rayuela, creo, se ha mezclado con aquél “París no se acaba nunca” de Hemingway, para quedarse resonando adentro desde que las leíste, y sí, ambos tienen razón, y por eso estás aquí, sin ganas de irte.
Y si los sexagenarios aún no han huido aterrados, suéltales lo de las lecturas de Cortázar al final de la adolescencia, en la época de los talleres literarios y las conversaciones hasta las tantas dando vueltas alrededor de la literatura, explícales cuántas veces te buscaste en los ojos de los axolotls, te acostaste a leer con la noche boca arriba, te fuiste de vacaciones por la autopista del sur, saltando en la rayuela de Cortázar a Borges, de Borges a Kafka, y de nuevo a Cortázar, pasando por Maupassant. Háblales de los cuatro tomos de relatos publicados por Alianza, guardados en el anaquel de los libros que no se prestan para que no se los lleve alguien al otro lado de la casa tomada. Y desde esa época, como una enfermedad incurable, las formas que se mueven por los ojos cuando los párpados están cerrados han dejado de ser pequeñas úlceras en la córnea, o no sé qué en la retina, para convertirse en los bailes de los cronopios y de los famas, catala tregua tregua catala. Después les detallas a los sexagenarios las instrucciones para leer Rayuela, aunque les aclaras que la cuarta vez que la leíste, justo antes de venirte a Paris, lo hiciste de corrido, pero no es ésta la mejor forma.
Diles que estás seguro de que no hay escritor latinoamericano nacido entre el 55 y el 75 que no le deba algo al argentino; que Rayuela ha sido una especie de Biblia literaria para muchos; que quizá algunos textos de Cortázar han “envejecido mal”, pero está siempre la inteligencia, y la cultura, y el sentido del humor, y la sorpresa, y la voz, y el posicionamiento político sin la propaganda ideológica, y la variedad, y el juego, sobre todo eso, el juego, el disfrute puro y duro de escribir que contagia a la lectura. 
Si los sexagenarios han llegado hasta aquí puedes suponer entonces que ya has hecho tu trabajo del día. Dedícate a preparar el ejercicio del día siguiente: ¿compartir el vino con los clochards que viven bajo los puentes del Sena para hablar con ellos de filosofía? ¿Fabricar un par de docenas de bombones para regalárselos a los turistas y poner, en alguno de ellos, un insecto? ¿Acercarte a la Madeleine para subir, metódicamente, las escaleras? Cualquier cosa sirve porque, de todos modos, hagas lo que hagas, queriendo o sin querer, Cortázar estará allí, entre una decena de nombres, como una parte inseparable de tu persona.