viernes, 16 de marzo de 2012

056

Orccha, India, 2003

Experimento: relacionar olores con templos (humedad vieja para las iglesias; alfombra polvorienta para las mezquitas; madera carcomida para las sinagogas; mierda de murciélago para los hinduistas; incienso barato para los budistas; pintura fresca para las pagodas; comida podrida para los animistas; orina rancia para los paganos).
Con este experimento se demuestra que los dioses pueden ser invisibles, pero no inodoros. Se demuestra, también, que para ser un fervoroso creyente es mejor no tener muy buen olfato.

055

Pontoise, Francia, 2010

Se continúa persiguiendo al castillo, como un agrónomo desubicado. Se entra a una oficina de turismo atravesada en una callejuela. Se huele que las viejitas informantes están allí para no aburrirse. Se espera que, en cualquier momento, saquen su único ojo, ese que comparten mientras deciden qué hacer con la vida de los turistas. Se les compra un paquete de cartulinas con rutas a pie por la zona. Se agradece un mapa que propone perseguir reproducciones de pinturas impresionistas, in situ. Se desciende de un número a otro, mientras oscurece, lentamente. Se camina con un sabor fresco en la boca. En algún punto, mirando dos viejas casas aún paradas como las pintó Van Gogh, se saborea la felicidad, la buena, esa que sella los días que saldrán de repente a la conciencia, en el medio de un almuerzo, parado en la calle, después de follar, cuando menos se espera. Más adelante, una venta de vestidos horribles, incluyendo uno de novia, incrustados dentro de la montaña en una especie de cueva escaparate, el salto surreal que acaba de atrapar la memoria de la caminata. Muchos pasos más allá, después de una docena de reproducciones, y justo cuando acaba el sexto y último disco de Billie Holiday, se llega a una ciudad más bien anónima, de esas clásicas de la Francia profunda: siete iglesias antiguas, trozos de murallas, un castillo, ocho torres, tres paseos comerciales, un par de buenas vistas sobre el río, lo de siempre, que hoy se deja pasar, porque es de noche, y porque se sigue hasta la estación de tren.
En el tren, de vuelta, mientras la felicidad pone todavía la sonrisa en la cara, una negra se sienta al lado. Llega su olor y, por un momento, se abandonan tren y civilización al mismo tiempo. Entonces viene esa hambre muda que aprieta el estómago, las ganas de perderse y desaparecer, no se sabe por qué, en el interior de África, como ya se ha hecho, a medias.
Con este experimento se demuestra que, con un poco de buen gusto, se puede explotar un tipo de turismo que no atrae prácticamente a nadie, pero queda bien. Se demuestra también que el gusto y el olfato son el sentido mejor guardado en las tripas, demostrando la persistencia genética de las madres cuadrúpedas que, hace años, parieron a nuestras madres bípedas, hasta que se demuestre lo contrario.

jueves, 15 de marzo de 2012

054

Nueva York, EEUU, 2008

Una ciudad de la que han borrado los nombres de las calles, de la que han perdido el censo de los habitantes. Una ciudad de la que sólo quedan, entonces, edificios, vías, cables, tuberías, vehículos, muebles, cosas, gente.

miércoles, 14 de marzo de 2012

053

Estambul, Turquía, 2011

Cuando quieras te explico cómo descargar cosas gratis de Internet. En vez de darte un pez, lo mejor es que te enseñe a robarte los pescados.

viernes, 9 de marzo de 2012

052

Bordeaux, Francia, 2010

Quien juzga come poco, pero come bien.

miércoles, 7 de marzo de 2012

051

Avenida Montaigne, París, 2011

Imágenes para el recuerdo: brindando, con los ojos vidriosos hacia la cámara; el coche nuevo, delante de la casa comprada el año pasado; el bebé, babeando; un atardecer, aunque salió con los colores raros; estatuas ecuestres y figuras mitológicas echando agua; la torta de cumpleaños; los vestidos de noche apretados; el plato del restaurante caro; con la toga, el birrete, y el títulito entre las manos; sosteniendo la torre de Pisa o la torre Eiffel, da lo mismo; en el acto escolar o en el concurso de belleza; la barbacoa en el patio; el tatuaje nuevo; la fiesta de disfraces; las porcelanas sobre el mantelito; una pancarta de bienvenida; en la sesión de aeróbicos; con las joyas nuevas; los cuadros famosos del museo; los jardines floridos y los arco iris, caigan donde caigan; los payasos en el circo y el elefante en el zoológico; la misa o, mejor, la primera comunión; los compañeros de clases; aquí con no sé cuál político, en la otra con una actriz de televisión; las del matrimonio, casi todas; el cumpleaños de la abuelita; la luna, pero salió borrosa.

martes, 6 de marzo de 2012

050

El Cairo, Egipto, 1999

Borges abominaba la multiplicación monstruosa del universo que producen los espejos. Bajo esa lógica, ¿qué decir, entonces, de la fotografía? Una multiplicación que separa al original de su reflejo, convirtiendo al reflejo en original. Una multiplicación que abandona al original para que lo carcoma el tiempo, mientras el reflejo permanece quieto, ajeno a la vejez y a la enfermedad; ajeno, por un buen tiempo, a la muerte. Una multiplicación que empuja al original dentro de la masa anónima de objetos mientras su reflejo pasa de mano en mano, a veces convertido en mercancía y, si tiene suerte, en obra maestra. Una multiplicación que acentúa la debilidad de lo existente frente a la dureza de las apariencias que, multiplicadas, fabrican, en nuestra mente, una deforme y minúscula versión del universo.

sábado, 18 de febrero de 2012

049

Bordeaux, Francia, 2010

La espiral empaqueta.
La espiral es una circunferencia que huye por el plano que la contiene. Es la mejor forma de crecer sin ocupar demasiado espacio. Es muy frecuente en los animales cuando aparece la contradicción de que se necesita algo masivo, voluminoso, grande o largo, y que a la vez no afecte a la movilidad (cuernos, colas, lenguas, trompas, caparazones…), y en las plantas cuando ha de crecer algo que luego debe desplegarse. Si desplegáramos todas las espirales que tenemos en casa (papel de cocina, papel higiénico, cintas de audio, de vídeo, adhesivas, métricas, discos de música, resortes…) tendríamos que abandonarla porque no cabríamos en ella.
Caracola. Caballito de mar. Cuerno de carnero.
Rollo de papel. Cinta adhesiva. Cuerda de reloj.

048

Bangkok, Tailandia, 2010

No sé qué contarte de Bangkok, apenas la he visto superficialmente y es una ciudad compleja. En muchas cosas me recordó a Caracas o a Ciudad de México: la mayor parte de la ciudad está hecha de edificios grises y medio destruidos, con aire de posguerra; el tráfico y la sobrepoblación; la estética de las tiendas y los vendedores ambulantes; los restaurantes, edificios y negocios de lujo, fuera de contexto entre el gris y el descuido; las zonas verdes y los parques como si hubieran sido bombardeados; hay tenderetes de los Camisas Rojas en todas partes, como en ese cuento de Kafka donde los bárbaros se van instalando poco a poco en la ciudad y el narrador se lamenta porque el final ya se prevé, y no hay remedio. Aquí la gente, mientras tanto, vive tranquilamente, como si no importara la escenografía; la paciencia oriental, supongo. Hasta ahora no he sentido en las calles, para nada, esa tensión cotidiana de la criminalidad violenta que es tan normal en América Latina; nada de tipos con cara de crimen mirándote de arriba a abajo sacando cuentas para saber si vale la pena atracarte.
Temprano en la mañana estuve caminando por unos galpones que funcionan como mercados populares en la orilla del río; lugares oscuros, curiosamente bien organizados, que venden, sobre todo, alimentos, flores, utensilios de cocina, juguetes y ropa barata. En los mercados sentí como si todo está funcionando normalmente; e incluso en la calle, junto a los Camisas Rojas, tuve la impresión de que la gente sigue en sus asuntos, como si las manifestaciones estuvieran ocurriendo en una realidad aparte.
Le pregunté a un tipo en una venta de flores, que hablaba algo de inglés, quiénes eran esos (señalando un lugar donde estaban los Camisas Rojas, como si yo no supiera de ellos); me respondió que era gente del campo (countryside) que había venido a pedirle cosas al gobierno. ¿Qué tipo de cosas? Desvió la conversación, no quiso responder; me imagino que el gobierno tiene sus informantes y el tipo no quería problemas. Me parece que los Camisas Rojas son la típica población excluida de los sistemas donde la riqueza se acumula en las ciudades, como pasa normalmente en estos países que comienzan a industrializarse. Esta gente puede quedarse a vivir bajos los techos plásticos, sin nada, indefinidamente, porque, de todos modos, dondequiera que esté no tendrá nada. La mayoría da un aire fuerte a indigencia, como si sólo les faltara estirar la mano para convertirse en mendigos (creo que mejor miras las fotos cuando las cuelgue en el facebook).
La vida bajo los techos plásticos parece moverse lentamente, mientras cada tres o cuatro calles alguno (sin aire de pre-mendicidad) empuña un altavoz con su discurso. Por la diferencia entre el aspecto de los Camisas Rojas y de los tipos de los altavoces tiendo a pensar que los primeros son la carne de cañón usada por los segundos para tratar de satisfacer sus aspiraciones políticas, desplazando o insertándose en el gobierno actual; un poco al estilo de los líderes estudiantiles, ya sabes de qué perfil estoy hablando.
No sé, no debería sacar conclusiones con un paseo de un día y, aunque haya caminado bastante, la ciudad es inmensa. Mañana en la mañana me voy a Camboya pero tengo previsto pasar un par de días más en Bangkok dentro de tres semanas, antes de subir al avión de vuelta. Te daré noticias frescas cuando regrese.

martes, 7 de febrero de 2012

047

Eurodisney, París, 2010

Marin sumerge a Disneyland en un caldo de disolventes verbales, analizándola como una representación del sistema de valores dominantes norteamericanos y de las relaciones que los Estados Unidos mantienen con el mundo exterior; según él, el parque tiene una voluntad evidente de difusión ideológica.
Disneyland aparece como una especie de laberinto donde los visitantes actúan sin tener conciencia de que están siendo guiados a través de narraciones míticas que ofrecen soluciones ficticias a las contradicciones profundas y a las tensiones de la sociedad norteamericana. La oración me ha quedado demasiado larga, ya lo sé, pero es más o menos la síntesis de lo que decía el cuadernillo que regalaban en la entrada, con los textos de Marin y una introducción del tutor de mi proyecto, aunque no me di cuenta de que era él hasta que me preguntó qué me había parecido la exposición cuando me vio el cuadernillo en la mano, media hora más tarde, en su despacho, y yo le respondí algo así como que me había roto la ilusión y la nostalgia que todavía me daba el parque, riéndome. Pero mejor acabo con Disneyland antes de entrar al despacho del tutor.
Marin trabaja sobre el mapa del parque para llegar a los relatos (storytellings) fundamentales. El espacio exterior, el estacionamiento, árido y sin presencia humana, es el lugar donde los visitantes abandonan uno de los fetiches de la cultura norteamericana, el vehículo, en un espacio que recuerda a los barrios periféricos y a las zonas industriales de las grandes ciudades norteamericanas. El estacionamiento es el último lugar que el visitante ocupa antes de ingresar en la utopía. Existe una frontera cerrada entre este espacio exterior sin interés y el espacio interior, circular, poblado de maravillas.
La entrada al parque es el punto donde el dinero del mundo real es cambiado por “moneda” válida sólo en la utopía (cuando era niño, recuerdo, funcionaba de esta forma; ahora han eliminado el sistema; el trabajo de Marin es de los años setenta). Entregando su dinero el visitante gana la admisión a la utopía.
Una vez dentro, la Main Street USA comunica el punto de ingreso con el corazón del parque, el castillo, un edificio que presenta en tres dimensiones las imágenes bidimensionales de los cuentos infantiles. La conversión de las ilustraciones en objetos y personajes físicos es el sello de la utopía de Disney. La Main Street USA, además de introducir al visitante en la fantasía usando una falsificación (fake) de una ciudad norteamericana de finales del siglo XIX (el periodo en que terminó de formarse el país), es un espacio de intercambio donde el visitante puede usar su dinero del “mundo real” para adquirir productos de la utopía; el lugar donde se afirma la “verdad del consumo”, que es “la verdad” presente de forma oculta o evidente en todo el parque.
Para Luis Marin el mapa del parque presenta dos espacios definidos a izquierda y derecha del castillo. A la izquierda, los mundos de la frontera y de la aventura, que representan lo remoto en el tiempo y en el espacio; a la derecha, el mundo del futuro, que presenta, a escala reducida, la superioridad tecnológica norteamericana.
En el mundo de la frontera las narraciones giran alrededor de la conquista del oeste, justificando la lucha por la explotación de los recursos de una tierra habitada por salvajes (los indios norteamericanos, que son autómatas mecánicos idénticos a seres vivos, disolviendo el límite entre el ser vivo y la máquina). La frontera no es el límite, sino su trasgresión.
En el mundo de la aventura la distancia deja de ser temporal (como en el mundo de la frontera) y se vuelve geográfica; el visitante llega a tierras exóticas y peligrosas del mundo actual; en estos lugares hay caníbales que repiten los gestos de los indígenas del mundo de la frontera.
En cambio, en el mundo del descubrimiento, las tecnologías norteamericanas sirven para presentar un futuro próspero y deslumbrante, donde los enemigos a vencer ya no son los pueblos primitivos, sino las fuerzas de la naturaleza.
Marin identifica algunas narraciones recurrentes en las atracciones del parque:
La fantasía de la acumulación primitiva: en el pasado pre-industrial el enriquecimiento venía del saqueo, no de la producción.
La moral económica: la vida es un continuo intercambio, en la mayoría de las atracciones las historias giran alrededor de este hecho.
El mito del progreso tecnológico: los seres humanos se adaptan mecánicamente a los utensilios que les rodean, cada vez más abundantes y más sofisticados, aunque esencialmente la familia burguesa sigue siendo la misma, no importa el contexto.
Las máquinas y las criaturas: en la utopía la naturaleza es una simulación, porque la naturaleza real es primitiva y salvaje; pero, al mismo tiempo, en el laberinto que propone la utopía, la máquina es la realidad, tan válida como la naturaleza simulada.
El modelo reducido: lo que del lado izquierdo del parque son simulaciones de seres vivos, del lado derecho son escalas reducidas de objetos existentes, como cohetes espaciales o submarinos nucleares. La máquina vuelve a ser ese ente omnipresente que en la utopía sustituye a la realidad.
Lo hiperreal e imaginario: el parque ofrece, por un lado, la ilusión de un mundo que viene a ser una especie de fantasía infantil congelada y, por el otro lado, sumerge a los visitantes entre la multitud para dar la sensación de que todos son parte de un inmenso colectivo que fluye dentro del laberinto del parque. La fantasía de la utopía se cierra cuando el visitante regresa al exterior, al estacionamiento árido y masificado, reflejo de la realidad desprovista de magia del mundo industrial.