domingo, 31 de octubre de 2010

in progress

EXTERIOR. NOCHE. CALLE DE FINALES DEL SIGLO XIX
Fiesta de pueblo mexicano: niños, gallinas, mujeres, perros, hombres y ancianos moviéndose de un extremo a otro de la pantalla, la mayoría vestidos con sencillez, casi todos con actitud despreocupada.
En lugar de música, voces o gritos de niños, se escuchan llantos y lamentos de mujeres.
La cámara  retrocede, la vista de la calle está enmarcada por la ventana de una habitación.

INTERIOR. DORMITORIO AMPLIO DE UN CASERÓN ANTIGUO
A la izquierda de la ventana una cama donde dos mujeres amortajan a otra, comenzando por los pies. A la derecha de la ventana un hombre mira el suelo mientras otro susurra frases de las que sólo se alcanza a oír palabras sueltas: “viaje”, “esferas”, “hermanos”; la ropa de ambos hombres, con chalecos y leontinas, contrasta con la sencillez de las mujeres que lloran y amortajan.
El sonido de una puerta que se abre. Aparece una mujer, vestida también pobremente. Lleva en brazos a dos recién nacidos. Tiene los ojos llorosos.
MUJER CON NIÑOS.- Señor, ¿sus hijos pueden despedirse de… --hace un gesto hacia la cama.
El hombre que mira el suelo no reacciona; su acompañante afirma ligeramente con la cabeza.
La mujer con los niños se acerca a la cama, se inclina, y grita:
MUJER CON NIÑOS.- ¡Está viva! ¡La señora está viva!
Las mujeres dejan  de amortajar, el hombre que mira el suelo levanta la cabeza, el otro frunce el ceño.
MUJER CON NIÑOS.- ¡Se lo juro por la Virgencita, la señora está viva, me está oyendo!
El hombre que miraba el suelo sigue inmóvil, como en shock, el otro camina rápidamente hasta la cabecera de la cama, coge una vela de la mesa de noche, la acerca a la cara de la mujer que estaba siendo amortajada. Se incorpora todavía con el ceño fruncido.
HOMBRE DEL CEÑO FRUNCIDO.- Quítenle eso --señala la mortaja.
En primer plano un pie liberado de la mortaja. Unas manos de mujer lo sostienen, unas manos de hombre encienden una cerilla. El fuego de la cerilla sobre el talón; uno, dos, tres, cuatro segundos, hasta que se apaga y vemos que se ha formado una ampolla. La cerilla cae de los dedos inmóviles.
HOMBRE DEL CEÑO FRUNCIDO.- Diego, sí, tu mujer está viva.
El hombre que miraba el suelo corre a la cabecera de la cama, gritos de agradecimientos celestiales de las mujeres que amortajaban, revuelo en el cuarto y, mientras tanto, asomada a la ventana, una niña disfrazada de la Muerte (la Catrina, como en El sueño de la Alameda), ha estado mirándolo todo y, en algún momento, da media vuelta y se va.

Éste tendría que haber sido el inicio del libro, pero no lo es. Como dicen, a veces las cosas adquieren vida propia y entonces ya no hay nada que hacer. El libro que pienso escribir, en realidad, ha sido escrito por alguien que no conozco, alguien que fue asesinado en 1929, yo he nacido cuarenta años después.
También es posible que todo esto sea un engaño, o para decirlo más elegantemente, una ficción; pero si es así me limpio la conciencia sabiendo que he sido víctima del fraude mucho antes que ustedes. La artesana de la historia sería una tercera persona que sólo conozco a través de correos electrónicos, de quien más adelante hablaré .

La escena de la habitación y la mortaja la escribí para abrir una novela sobre Diego Rivera, el muralista mexicano ahora más conocido por sus dos matrimonios con Frida Khalo que por haber sido uno de los pintores más respetados de su tiempo, no muy lejos, en fama, de su amigo durante los años en Montparnasse, Pablo Picasso.
Un fresco de Rivera fue el tema de tesis de una maestría que defendí hace un par de semanas. La sede de la maestría estaba ubicada, casualmente, a un par de calles del lugar donde vivió Rivera durante los años de complicidad con Picasso, junto a la estación de trenes de Montparnasse. Y para seguir con las casualidades, yo mismo vivo, desde hace tres años, en un estudio minúsculo que hace espejo con el que debió ocupar Rivera: el mío está en el número 18 de la rue de l’Arrivée (a la izquierda, saliendo de la estación de trenes), y el de Rivera ocupaba el número 23 de la rue de Depart (a la derecha, saliendo de la estación de trenes); aunque el edificio que corresponde a ese número fue demolido y ahora hay una sucursal de Galerías Lafayette.
Pero no es de Rivera que quiere hablar este libro, sino de un amigo suyo, un hombre que, veinte años antes de que saliera el Granma (el pequeño barco que llevó desde México hasta Cuba al Che Guevara y a Fidel), estaba organizando una expedición con el mismo objeto: encender la revolución comunista en la isla para acabar con el dictador de turno, en aquel momento, Gerardo Machado.
De este revolucionario tuve noticia, por primera vez, leyendo una “autobiografía” de Rivera; luego el personaje volvió a aparecer en una biografía sobre el muralista y, finalmente, me encontré con él de la manera más rocambolesca que pueda imaginarse, a través de una persona que investigaba la vida de una mujer que nunca existió, Cesárea Tinajero, un personaje inventado por Roberto Bolaño en Los detectives salvajes. Pero mejor voy por orden, porque veo que el asunto tiende a complicarse.

cambodia






lunes, 18 de octubre de 2010

La epopeya del pueblo mexicano (memoria de maestría)



Esta investigación busca separar los hilos que conforman la trama de uno de los proyectos pictóricos más ambiciosos de Diego Rivera, La epopeya del pueblo mexicano. La pintura, que acompaña las escaleras principales del Palacio Nacional de México (uno de los edificios simbólicamente más importantes del país), narra la historia de México desde el tiempo de los toltecas hasta el futuro que seguirá a la revolución comunista, según el autor.
A primera vista, la obra es una multiplicación aparentemente confusa de enfrentamientos violentos y de personajes; luego, cuando se mira con más detalle, queda claro que se compone de escenas relativamente autónomas. Una vez pasa el efecto hipnótico que producen los colores, las líneas, y las figuras que cubren la totalidad del campo visual, comienza el proceso de decodificación de los mensajes que Rivera presenta.
Evidentemente, como todo trabajo artístico complejo, La epopeya del pueblo mexicano es una obra abierta, ambigua (en el sentido que plantea Umberto Eco, 1965), que se niega a ser entendida bajo una sola relación de significante a significado. Sin embargo, La epopeya del pueblo mexicano intenta ser, antes que nada, un trabajo didáctico, universalmente comprensible que, según Rivera, debe servir para difundir el mensaje de la revolución comunista[1]; según esta propuesta, todo, en la obra, transmite claramente el mensaje revolucionario pero, ¿hasta qué punto Rivera es fiel a su idea? Hay algunos hechos que apuntan a favor de una interpretación mucho más compleja.
Por una parte, la vida de Rivera se caracterizó por la inestabilidad: psicológica (pasaba etapas de depresión severa), geográfica (saltó de un continente a otro, y  de un lado a otro de la frontera, con relativa frecuencia), y sentimental (es casi imposible conocer el número de sus amantes, y compartió su techo con cuatro mujeres durante largos periodos sucesivos de su vida) pero, curiosamente, hay dos aspectos excepcionalmente estables en el artista: su estilo de pintura (al que llegó cuando tenía algo más de treinta años), y sus creencias políticas (a las que llegó un poco antes). Rivera se aferró a la doctrina marxista con la fe del converso, y no cambió sus ideas a pesar de haber sido expulsado dos veces del partido comunista, de haberse llevado una impresión terrible de la Rusia de Stalin, y de haber hecho amistad con algunos de los grandes capitalistas de los Estados Unidos. En su caso, las ideas políticas dictaron la búsqueda estética: un mensaje universalmente comprensible, destinado a llegar a personas sin formación artística; enviado bajo una cobertura pictórica de un gran nivel técnico, producto de la pasión que Rivera sintió por la pintura durante toda su vida.
Por otro lado, Rivera prefería la libertad creativa que intelectualizar la obra (…); de hecho, fuera de los temas que tenían que ver estrictamente con la técnica plástica, Rivera no fue un hombre de discursos cuidadosamente estructurados, como lo demuestra su obra escrita.
Estos, entre otros hechos, convierten a La epopeya del pueblo mexicano en una obra libre que, sin traicionar su vocación didáctica, incorpora elementos que reflejan las creencias personales del autor y las influencias, biográficas e históricas, del momento en que Rivera fijó los pigmentos a los muros.
Para intentar aclarar cuánto hay de propaganda política y cuánto de interpretación personal en esta enorme narración de la historia de México, he dividido la investigación en dos partes: en la primera, la mirada se dirige hacia el exterior de la pintura; en la segunda, la mirada busca en su interior.
El primer capítulo resalta, en unas pocas páginas, los elementos que convierten al Palacio Nacional de México en una referencia simbólica, repasando la historia del edificio desde que fue levantado por órdenes de Hernán Cortés hasta que recibió las últimas reformas, justamente cuando se le encarga a Rivera decorar las paredes interiores del edificio.
El segundo capítulo busca en la historia de México las fuerzas que dominan al país una vez acabada la revolución (el momento en que Rivera regresa de Europa). La idea es contrastar las líneas de una situación extremadamente compleja, entre un gobierno que se asocia al principal sindicato para eliminar a sus oponentes políticos con técnicas de gángster, y otro gobierno que primero recupera, y luego deshecha y traiciona, los principios de la revolución.
El tercer capítulo traza la biografía de Rivera hasta el momento en que pinta La epopeya del pueblo mexicano, atravesando la niñez del hijo de un funcionario de provincia; la formación de un adolescente obeso y tímido que se refugia en la pintura; la vida de un artista bohemio, a principios del siglo XX, en México DF, Madrid, y París; y el regreso a México, con los malabarismos que Rivera ejecuta para convertirse en el pintor de la corte.
El cuarto capítulo (el primero de la segunda parte) se desplaza por la obra con una mirada carente de referencias, esa que propone Panofsky (1967) como el primer nivel de aproximación a la obra plástica.
Finalmente, el quinto capítulo utiliza la iconografía para llegar a las ideas que transmiten las figuras representadas, intentando combinar la historia[2], la biografía[3], y el arte[4]. Este capítulo avanza entre las ideas que nacen de la obra como totalidad (la interpretación del tiempo histórico como un fenómeno cíclico, por ejemplo), y las que sugieren las escenas individuales (la condensación del carácter nacional en la figura de El Mestizo, el hijo de Cortés y La Malinche, por ejemplo).
Las razones que me han llevado a escoger esta obra de Rivera como objeto de estudio tienen que ver, en primer lugar, con el fuerte impacto artístico que sentí cuando, en el año 2005, visité el Palacio Nacional de México. No puedo decir cuánto tiempo me quedé hipnotizado por la fuerza expresiva del mural, rodeado de las figuras y de los colores, sorprendido por lo acertado de la composición (no importa dónde se dirija la mirada, la pintura mantiene siempre su ritmo), pero la sensación de asombro me marcó y he aprovechado la oportunidad que me ofrece el master de Teoría y práctica del lenguaje y las artes de la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales para recorrer la obra, ahora con lentitud y detalle.
Por otra parte, tengo la sensación de que Rivera, como pintor, durante los últimos años ha sido injustamente olvidado. Se ha llegado a un punto en que la gente de la calle sabe de él básicamente por haber estado casado con Frida Khalo. A mediados del siglo XX Rivera era considerado el mejor muralista del mundo y uno de los más importantes pintores contemporáneos. La fuerza expresiva de su pintura, y su altísima calidad técnica, le dieron fama internacional, incluso dentro de ambientes donde sus creencias políticas estaban vetadas. El Museo de Arte Moderno de Nueva York, por ejemplo, dedicó a Rivera su segunda gran retrospectiva individual, después de Matisse, otro de los grandes pintores del siglo XX. No puedo decir exactamente cuáles son las razones que han puesto a la pintura de Rivera bajo la sombra, pero sospecho que tienen que ver con sus creencias políticas. En todo caso, veinte años después de la caída del muro de Berlín, y tras haberse llegado a una situación de desinterés generalizado por la política, habría que manejar los contenidos propagandísticos comunistas de Rivera con la misma perspectiva que se tiene frente a la propaganda católica en un pintor como El Greco. Pienso que es un buen momento para regresar a los muralistas, y en particular a Rivera, reconociendo su impresionante calidad pictórica y su riqueza expresiva. Afortunadamente, noto, por la aparición de publicaciones y de otras investigaciones, que no estoy solo al pensar de esta manera.
La base teórica, la concepción práctica de lo multidisciplinario, la desarrollé durante los dos años de estudios en la EHESS. Mi formación tiene relación fundamentalmente con el derecho, las relaciones internacionales, y la literatura; entrar de lleno a analizar una obra plástica ha sido un reto interesante y exigente. En este sentido, el contacto directo con el trabajo y con el estilo de algunos profesores de la maestría ha sido fundamental. La intuición, la sutileza, el olfato, y la agudeza, cuando se analiza una obra plástica, ha despertado mi curiosidad y me ha animado a avanzar en la investigación. Evidentemente las lagunas metodológicas y conceptuales en relación con las artes plásticas son prácticamente inevitables; trato de compensarlas apelando a mis estudios políticos y a las vivencias y el conocimiento que tengo de Latinoamérica (nací y viví 28 años en Venezuela). En todo caso, he intentado ser honesto, y evitar la tentación de recubrirme de citas y teorías que, realmente, todavía estoy en proceso de asimilar.
Si esta investigación puede servir para despertar, o aumentar, el interés del lector por la impresionante obra de Diego Rivera, aportando ideas que enriquezcan el contacto con su trabajo, yo me daré por satisfecho.
Cierro agradeciendo el ejemplo de sutileza y penetración de los análisis de Giovanni Careri; la muestra de equilibrio y lucidez de las interpretaciones de Brigitte Derlón; la fluidez y el brillo de las divagaciones de Philippe Roger; la solidez y la inteligencia de las teorías de Jean Marie Schaeffer, y el empeño y el gusto por el conocimiento del resto de los profesores.


[1] Rivera creía que todo arte era político, y que el buen arte debía servir para despertar la conciencia política (…)
[2] Desde cuatro ángulos: 1. La historia de México como se entendía en el momento de gestarse la obra. 2. La historia de México como se entiende ahora. 3. Las fuerzas que dominaban México al momento de pintar el fresco, y que influyeron en su concepción. 4. La visión que Rivera tuvo de la historia de México.
[3] La biografía que Rivera fabricó del personaje Rivera, recogido en el libro autobiográfico de …, y la biografía que un especialista preparó de Rivera como ser humano.
[4] Aprovechando los textos clásicos de Panofsky junto a los autores contemporáneos (Daniel Arasse, Umberto Eco, Michel Foucault, Roland Barthes, entre otros).

estambul



martes, 21 de septiembre de 2010

http://twitter.com/armandoluigi

  1. Las revoluciones casi siempre están justificadas; los gobiernos que las siguen, casi nunca.
  2. A Federer le apasiona tanto el Mundial que ya no sigue el Wimbledon

  3. Si Meryl Streep encarna a Margaret Thatcher entonces a Robert Redford le toca hacer de George Bush o de Ronald Reagan?

viernes, 25 de junio de 2010

Comentarios eruditos de noticias

http://twitter.com/armandoluigi


  1. En China, el gobierno es comunista; la moneda también; la gente, tampoco
  2. Un yuan no tiene precio; para todo lo demás, Adam Smith
  3. Con el dominio .xxx las webs porno que mantengan el .com recibirán una doble penetración
  4. Del cerdo lo único que se pierde es el grito; de Michael Jackson, ni eso
  5. Después de un año está claro que Michael Jackson no ha muerto, sólo ha cambiado sus estrategias de promoción y márketing
  6. Indemnizaciones británicas a familiares de afganos asesinados por error se haran en travelers checks American Express.
  7. Presidiario francés tendrá treinta años para digerir el pulmón de su compañero de celda
  8. Hallan manuscritos subversivos en celda de terrorista peruana. La policia confundida, se esperaba encontrar pijamas de Hello Kitty.

miércoles, 23 de junio de 2010

Tiempo de Revolucion (3)

4

At that moment the conception of the National Palace stairway mural, which I had begun to plan in 1922, flashed to completion in my mind –so clearly that immediately upon my arrival in Mexico, I sketched it as easily as if I were copying paintings I had already done.
The National Palace stairway raises broadly and majestically from a wide inner court, then forks the first flight to right and left. For the wall of the right staircase, I envisioned Mexico before the Conquest: its popular arts, crafts, and legends, its temples, palaces, sacrifices, and gods. On the great six-arched central wall, I would paint the entire history of Mexico from the Conquest through the Mexican Revolution. At the triangular base, I would represent the cruelties of Spanish rule, and above that, the many struggles of my people for independence, culminating in the outer arches, in the lost war with the northern invaders, and the final victory over the French. The four central arches would show aspects of the Revolution against Diaz and its reverberations in the strife-torn years of Madero, Huerta, Carranza, Obregón, down to the ugly present of Plutarco Calles.
On the wall of the right staircase, I would paint the present and the future. Naturally, I was less certain or the course to which the present tended than of the past. I would consume much time circling backward to find the right point from which the future could be projected until, after six years, my preliminary perspectives would be sharpened by the destruction of my mural in Rockefeller Center .

Este fragmento de Diego Rivera destaca su incertidumbre sobre cómo representar presente y futuro al momento de proyectar el contenido del fresco. El texto parte de entrevistas hechas a Rivera en 1944, diez años después de terminar “La epopeya de pueblo mexicano”; quizá Rivera intenta justificar el cambio entre los bocetos originales y la pintura final, aunque, sorprendentemente, a esta obra le faltó la polémica que acompañaba siempre a su autor, cuando cada presentación pública de los frescos era seguida, casi inevitablemente, por un escándalo. En cualquier caso, es importante señalar que los mecanismos que propone Rivera para entender el desarrollo de los eventos son distintos en el panel izquierdo. Por ejemplo, en los dos primeros paneles vemos una constante: los personajes contrarios a la corriente de la historia (las fuerzas de la reacción) normalmente están girados hacia la derecha; los personajes que permiten el avance de la historia (las fuerzas de la revolución) tienden a mirar hacia la izquierda, dirigiéndose hacia el punto que, finalmente, acabará señalando, en el último panel, el dedo de Marx. En “Presente y futuro de México” esta especie de ley no se cumple fielmente, en la zona central del fresco los personajes de la reacción o de la revolución miran indistintamente hacia la izquierda y la derecha.  ¿Quiere decir esto que el tiempo presente es el de la confusión, o que Rivera prefirió, por motivos plásticos, abandonar temporalmente su ley?


5

El presente, al momento de pintar Rivera esta última parte de las escaleras, no era para los mexicanos mucho más confuso que el pasado. Es cierto que el impulso de la revolución de 1910 se había diluido, y que durante el periodo conocido como el “Maximato” el gobierno abandona la reforma agraria y se dedica a favorecer a los grandes capitales ; pero el fresco se pintó en los primeros tiempos del gobierno de Lázaro Cárdenas, favorable a las nacionalizaciones y al movimiento obrero. Por otro lado, la historia de México, como es frecuente en Latinoamérica, es generosa en líderes que abandonan los intereses de las clases bajas una vez se instalan en el poder: fue el caso de Porfirio Díaz, que después de apoyar a Juárez y aprobar el fusilamiento del emperador Maximiliano acabó, como dictador, favoreciendo los intereses de las empresas extranjeras, ofreciéndoles mano de obra nacional semi esclavizada ; o de Madero, que después de vencer a Díaz con el apoyo de Zapata y otros líderes campesinos, gobierna a favor de los intereses de los grupos que habían apoyado a Porfirio Díaz, heredando, incluso, al ejército del viejo régimen; o de Carranza, que llega al poder como líder de la revolución y acaba por establecer un gobierno corrupto e ineficaz; o de Obregón, que tuvo que ceder a los intereses norteamericanos intentando salir del aislamiento provocado por Carranza . De hecho, curiosamente, cuando Rivera pinta “México, presente y futuro”, los aires revolucionarios soplaban con ayuda del propio gobierno. Entonces, la confusión en la estructura del fresco parece, otra vez, el producto de una necesidad expresiva del autor.
En este panel del fresco la vista no sigue, como en los dos tercios anteriores, un movimiento de vaivén de un lado a otro de la imagen , en un constante enfrentamiento entre grupos y personajes; aquí, el elemento que guía al ojo viene a ser, curiosamente, una máquina, que con su estructura metálica divide las zonas del fresco. Dentro de la máquina viven los explotados y oprimidos, sometidos a las fuerzas de seguridad ; los socialistas mentirosos; los sacerdotes, los militares y los políticos corrompidos; la alta burguesía depravada y, finalmente, los capitalistas extranjeros. Fuera de la máquina están, abajo, los trabajadores obreros y los campesinos; los niños y quienes los preparan para el futuro; y arriba, las masas revolucionarias triunfantes; la destrucción del viejo orden (simbolizada por la catedral de México en llamas), la figura de Marx señalando el nuevo orden a un campesino, un soldado, y un obrero; y el nuevo orden, con los edificios de las cooperativas y las industrias nacionalizadas.
Que Rivera escogiera una máquina para estructurar la composición de su fresco puede parecer curioso, pero no sorprende, porque tiene antecedentes:

My Detroit Institute mural consists of twenty-seven panels divided roughly into three levels; at the base, inset scenes depict events in the workers’ day; at the main level, from the base mouldings to the tops of the columns, the major area of the composition, are shown machines in motion; on the upper level, the painting represents the physiography of the region, its soil, its minerals and fossils, its lake and river transport, and finally, directly under the rafters, its civilian and military aviation and races of man. In panel after panel, the undulating wave reappears –in the giant steel conveyor belts, in the tubes and piping, and in the strata of the subsoil .

La particularidad, en este caso, es que a diferencia de la máquinas pintadas en Detroit, que reproducían fielmente algunas de las empleadas en la fábrica de automóviles Ford , Rivera presenta un artilugio inexistente, fruto de su fantasía, que sirve para enviar las monedas de los devotos a un conjunto de personajes variados, unidos por su decadencia y su posición de explotadores (los enemigos de la Revolución: capitalistas, burgueses, eclesiásticos, altos mandos militares, políticos corruptos, falsos líderes populares). Es interesante que, poco después (1936), Charles Chaplin incorpora una máquina a una de las escenas más memorables de Tiempos Modernos; pero mientras la máquina de Chaplin engulle y excreta al trabajador, la de Rivera aloja y protege a los enemigos del pueblo.
¿Cuál puede ser, entonces, según el fresco, la posición de Rivera frente a la modernización simbolizada por la máquina?